Todas las familias felices se parecen unas a otras, cada familia desdichada lo es a su manera”. Así comienza una de las más impresionantes novelas de la literatura rusa, (ustedes me perdonen) del escritor Lev Tolstói.

Participó en la guerra de Crimea, murió una década antes de que naciera la Unión Soviética. Era pacifista, pero su guerra la llevaba por dentro. Su identidad, su familia, sus orígenes, sus ideas eran su campo de batalla.

Se preguntarán qué tendrá que ver esto con nuestro barrio, pues mucho, porque llegan las navidades, comienzan los festejos familiares, nos sentamos a la mesa con el cuñado que detestamos, con el sobrino insufrible, con la frívola de la suegra o el primo maleducado con sus dos insulsos hijos gemelos.

Además, cada uno es de un color y después del champán, la sidra o el cava, ese color estalla con el corcho, se explaya y entonces el mantel tirita, el espumillón languidece, los abuelos se miran entre ellos, el cuñado nos apunta con el cuchillo del mazapán, la suegra frívola repite dos titulares, el sobrino insoportable suelta un ramillete de frases vacías, los gemelos no han apartado la mirada del móvil y los fuegos artificiales comienzan.

La palabra rusa 'nadriv' expresa un arrebato emocional, incontrolable, sorpresivo, en el que afloran los sentimientos más oscuros

Esos colores que se han sentado a la mesa forman un crisol, una constelación, un mapa extrapolable a nuestra sociedad. Cada uno lee un periódico, ve un telediario o escucha un programa de radio, todos tienen la razón, todos saben cómo arreglar un país que no está roto, todos tienen la receta perfecta para una enfermedad a la que ponen nombre.

Hay una palabra en ruso que es nadriv, no tiene traducción, pero expresa algo así como un arrebato emocional, incontrolable, sorpresivo, en el que afloran los sentimientos más oscuros. Fue otro ruso quien se la inventó, Fiódor Dostoyevski, y no encuentro traducción a nuestra lengua.

Digo yo que, ya que no tenemos más remedio que convivir, ¿no será mejor comer, sonreír y abrazar? Mañana, quizá, nos demos cuenta de que los colores tan intensos no siempre pintan buenos cuadros. Las familias, jardines epicúreos o pequeños campos de batalla, estructuradas o desestructuradas, grandes o pequeñas, cristianas o no, son, al fin y al cabo, esos brazos en los que caer cuando todo lo demás falla.

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