Los filósofos y los poetas son los que mueven el mundo” (Paco Caño)

Francisco Caño era comunista. De hecho casi todo el mundo en la asociación vecinal Villa Rosa lo era. Conviene decirlo porque cuando pusieron su nombre al parque de Villa Rosa hubo quien se escandalizó de que se pusiera al parque el nombre de “¡un comunista!”, ignorando que sin ese “comunista” no hubiera habido parque, ni vivienda protegida para quien escribió tamaña infamia desagradecida.

Hace diez años que Caño nos dejó, iniciando con su partida la gran diáspora de personas irrepetibles que se nos han ido y que hicieron, como Paco, un barrio mejor y más habitable.

Desde luego que, en mi infancia, Villa Rosa no era Torre Baró, ni hubo que subir un autobús hasta nuestras casas, pero hubo que luchar también. Por un colegio, por soterrar los cables con los que un crío perdió la vida, por conseguir vivienda protegida para una juventud que, ya entonces, no podía pagar una vivienda libre, por un buen transporte público y un sinfín de necesidades conseguidas gratis et amore por una generación solidaria y desinteresada.

Y, en su inmensa mayoría, sí, comunistas.

De Caño se dijeron muchas mentiras por este motivo. Pero Caño se fue con el mismo coche, el mismo piso y la misma chaqueta. Y sus hijos no accedieron a la vivienda protegida que su padre nos gestionó para evitar suspicacias.

(Ya entonces, se mentía sobre cualquiera que predicara su amor al prójimo con sus obras y esas mentiras solían proceder de lugares que presumían amor al prójimo y que se olvidaban muy a menudo de su octavo mandamiento).

Eran cuarenta años de propaganda. Un comunista bueno era un oxímoron para la España de bien, esa que había llorado en 1975 la muerte de un asesino dictador y acudía cada domingo a misa de una.

Mi último recuerdo de él es cultivando un huerto urbano. Hablamos del futuro de la izquierda. De Podemos y su Izquierda Unida. Ya entonces sabía que se moría, pero seguía siendo el mismo.

Hablamos de poesía. Me preguntó si aún hacía versos. «Siempre», respondí. «Eso es bueno”, me dijo, “los poetas y los filósofos mueven el mundo». Y no, el mundo lo movía la gente como él.

Le dije ese día que le debía un poema y que se lo haría, pero ya no estaba para leerlo cuando se lo escribí.

A veces pienso que muchos de los hijos de esa generación que Caño lideró traicionamos su memoria. Quizá por eso la asociación vecinal Villa Rosa tiene dificultades en hallar el relevo de Caño, Collantes, Tomás, Jesús, Sonsoles y el largo etcétera que se ha ido o envejece sin remedio.

El parque de Villa Rosa es el gran legado de Paco. Pero algunos le debemos mucho más: Su ejemplo. Y una vivienda a un precio justo. Y un barrio mucho mejor que el de nuestra infancia. (O peor quizá porque no están ellos).

Diez años ya, Paco. Que sepas que mi hijo lucha, como vosotros, por un mundo más justo. Vuestro ejemplo, ojalá, igual se ha saltado una generación.

Os echamos de menos.

Te echamos de menos.

Hay personas que no deberían morirse nunca.

Rosas rojas

A Paco Caño

In memoriam

Va a llover la utopía un llanto diario

y en cada huerto urbano habrá temblores

de seísmo al brotar miles de flores

de un rojo intenso y revolucionario.

Sin ti este mundo es más insolidario,

sin ti no lograremos ser mejores,

que las fiestas del barrio hoy son rumores

y ya no hay cabalgatas ni escenarios.

Sin ti, con Villa Rosa me destiño

y daña recordar tu voz, que extraño,

en un mundo tan falto de cariño.

Hoy crece tu semilla en campo huraño,

pero a sus ramas trepa, audaz, un niño

aupado en tus raíces, Paco, Caño.

Alberto L. Collantes Núñez