Metí en un pendrive lo que pude para teletrabajar desde casa, apagué el ordenador y recogí la mesa. Contemplé la oficina como si fuera un cuadro. Me despedí de mis compañeros. Algunos me respondieron con cara de “a ver que pasa, nos vamos contando”. Salí de la oficina. Recuerdo que era jueves 12 de marzo. Fui al museo Thyssen a ver la exposición de los retratos de Rembrandt, tal y como tenía previsto esa tarde. Me informé antes si estaba abierto, porque sabía que algunos museos y teatros nacionales estaban cerrados; además del cierre de colegios, bibliotecas, centros deportivos y empresas como la mía.

Me costó creer lo que pasaba. No podían cerrarlo todo, obligarnos a quedarnos en casa y tomar medidas exageradas para prevenir contagios. El virus que arrasó en China y en Italia ahora estaba en Madrid como si fuera una anaconda gigante o un ejército de zombis capaz de destrozarlo todo. Sentí algo fuerte en el pecho y en el estómago. Estaba asustado, nervioso y me sentía un poco culpable por no irme a casa. Pero necesitaba, como el que reza, ver aquellos retratos. Era algo que tenía que hacer.

Entré en el museo. El ambiente era de aparente calma y sospechoso silencio. Ya en la exposición, me llamó la atención la cara tranquila y ausente de algunos extranjeros; como si lo que estaba pasando no fuera con ellos o como si no quisieran entenderlo. Esa era otra exposición. En cuanto a la de Rembrandt, me impactó cómo nos miraban las figuras retratadas: aquellos rostros secos, asépticos, serios y de eterno luto holandés.

Y no sólo la mirada, sino su pose, firmeza y presencia, ese saber estar en los sitios. Me fascinó el contraste de sus impolutos ropajes oscuros con sus rostros redondeados e iluminados, las facciones de sus rostros y los detalles, como de orfebrería, del vestuario. Si te metías más adentro, si profundizabas más en ellos, tenían cara de algo, de dedicarse a alguna profesión o trasmitir una emoción o realizar alguna acción.

Me costó creer lo que pasaba. No podían cerrarlo todo, obligarnos a quedarnos en casa y tomar medidas exageradas para prevenir contagios

Los contemplé como hipnotizado. Tenían cara de abogados, de mercaderes, de fieles de una secta esotérica, de cirujanos y hasta de portada actual de grupo de rock. Y también era como si estuvieran vivos, como si fueran a decirme algo. Sentí como se aceleró mi ritmo cardiaco. Era algo que no podía controlar, que me desbordaba. Una chica joven con aspecto de azafata me avisó que quedaba poco para el cierre. Lo agradecí. Salí del museo. Al caminar por los paseos del Prado y Recoletos me di cuenta que Madrid presentaba ese aspecto como cuando es Semana Santa, los madrileños se van fuera y sobre todo quedan turistas en la ciudad.

De camino a Hortaleza, observé a la gente con la que me cruzaba. Quería ver la cara que tenían. Bajé la cuesta que va desde la estación del metro de Pinar del Rey hasta el colegio Pablo Picasso. Las personas tenía cara de susto, iban muy deprisa y con muchas bolsas como de la compra o algo así. Al coincidir con algunas miradas era como si quisiéramos compartir algo de lo que estábamos viviendo.

Llegué al bloque donde vivo. El portero tenía cara de querer hablar pero también de respetar que no lo hiciera. Entré en casa. La televisión estaba encendida. La cara de preocupación de mi mujer y las imágenes que emitían me recordaron al 11-M. Me irritó tanta noticia alarmista y me fui a jugar con mi hijo como si fuera el último juego que compartiera con él. Intenté no hacer caso varias veces a la frase “tendríamos que ir a comprar”. Pero no pude aguantar la presión y, por miedo a que se acabaran las existencias, bajé al supermercado.

En los pocos metros que separan el DIA de donde vivo observé como muchos clientes paraban cada dos por tres porque no podían con el peso de la compra. Entré en el supermercado. Los cajeros discutían con clientes que estaban nerviosos e impacientes. Las estanterías de frutas y verduras estaban prácticamente vacías. No había leche, ni aceite, ni legumbres, ni papel higiénico, ni cervezas. No sabía qué coger. Me llamó la atención lo que queda cuando no queda nada, como tipos de leche que ni conocía y cosas así. Cogí un poco lo que pude, aunque no fueran ni mis productos habituales ni de verdadera necesidad. Además, hacía unos días que habían cambiado el orden de las estanterías.

Estaba desconcertado y sentí un poco de ansiedad. Respiré hondo varias veces con los ojos cerrados, para calmarme. Cuando los abrí me pareció ver a una empleada del supermercado muy concentrada chequeando productos y metiéndolos en un carrito. Me sonaba de otras veces. Era una chica que parecía de un cuadro de El Greco: alargada, delgada y más bien pálida; tenía el pelo teñido de rubio con un moño y vestía algo de ropa chillona de chándal con capucha. Me llamó la atención que llevaba una mascarilla muy profesional y que no llevara uniforme.

Le dije que necesitaba ayuda, que habían cambiado las cosas de sitio y que estaba perdido. Se acercó con gesto de caridad cristiana o como una de esas enfermeras de película bélica. No solo me ayudó a localizar productos sino que me acercó algunas cosas. Después coincidimos en la calle. Pensé que era una cajera que ya había acabado su turno y se iba para casa. Le di las gracias por ayudarme y por trabajar en esta situación tan desbordante y caótica que estábamos viviendo. Hizo una mueca de sonrisa forzada y de esfuerzo al levantar el peso de las dos bolsas que llevaba.

Mientras se ajustaba la mascarilla me contó apurada que no podían más en el hospital y que allí sí que estaban desbordados: “Vamos a empezar a dormir en hoteles, para evitar contagiar a los nuestros”

Me corrigió que no trabajaba en DIA, que ella era enfermera. Y mientras se ajustaba la mascarilla me contó apurada que no podían más en el hospital y que allí sí que estaban desbordados. “Vamos a empezar a dormir en hoteles, para evitar contagiar a los nuestros”, fue lo último que dijo. No supe qué decirle, me quedé como atontado. Metió las cosas en el coche que tenia en doble fila, arrancó y se fue dirección Mar de Cristal.

Diez días después de todo esto, y aún en casa, no se me olvidan también las caras de ayuda de otras personas: de Carlos, el panadero de Valdetorres del Jarama; de Alfonso, el pescadero del mercado de Avenida de San Luis; de el repartidor de la frutería del mercado de Nápoles; el quiosquero de López de Hoyos; los carniceros de Polvorinos; el repartidor de la Trattoria da Piero; los trabajadores de Alimentación Los Mares; o los empleados del DIA. Y también me imagino las caras de ayuda que no vi: las caras del periódico vecinal; de los pediatras que nos llamaban a diario para ver cómo estaba nuestro hijo; o la del speaker que a la hora de los aplausos animaba a los vecinos con sus palabras y con música para todos los gustos.

Vuelvo a recordar la exposición de Rembrandt. Me gustaría que alguien retratara a estas y a otras personas de mi barrio cuya ayuda, me disculpen, desconozco. Y que lo hiciera no ya solo para inmortalizarlos como pequeños grandes héroes, sino para mostrar sus caras. Esas caras de estar ahí pese a las circunstancias; esas caras de estar ahí porque es lo que toca y hay que hacer; esas caras de la presencia. Caras de ayuda.

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