En esta nuestra era del ChatGPT, avatares y algoritmos, de la primacía de lo inmediato y del usar y tirar como norma de consumo, un grupo de mujeres se reúne cada martes en el Espacio Danos Tiempo para subvertir los dictámenes de los tiempos que corren como mejor saben hacerlo: tejiendo. Cuando en los Juegos Olímpicos Tokio 2020, unas fotos del medallista Tom Daley tejiendo croché aparecieron en todos los medios de la prensa internacional, muchos entendieron que había llegado la hora de aceptar (y celebrar) que soplan nuevos aires incluso para la humilde y digna tarea de tricotar.

Hay un poder terapéutico en esta labor ancestral de entrelazar hilos. Algunos lo llaman lanoterapia, otros la meditación del siglo XXI, el caso es que, en un momento en que la salud mental está en el centro de muchas conversaciones, ya nadie pone en duda que los beneficios de tejer son innumerables: no solo contribuye a desarrollar la creatividad, sino que, además, ayuda a gestionar las emociones y favorece las funciones cognitivas.

Tanto debe de ser así que un grupo de hortalinas lleva casi diez años reuniéndose para contarse la vida y también puntos y vueltas. “No recordamos muy bien cómo nos conocimos, pero en el invierno de 2014 nos empezamos a juntar en el antiguo local de Danos Tiempo para tejer”, explica Almu, una de las participantes más veteranas. “Antes del evento de Arte de Calle, nos surgió la idea de hacer algo en común: decorar la placita. Así que confeccionamos unas mantas de grannies de ganchillo para los árboles y una guirnalda de banderines, también en ganchillo”.

Contribuye a desarrollar la creatividad, ayuda a gestionar las emociones y favorece las funciones cognitivas

Gustó a todo el mundo y muchos de los presentes preguntaban quién lo había hecho. “Así que –prosigue Almu– para el año siguiente elaboramos un photocall lanero. Las letras confeccionadas con lana se siguen utilizando en las actividades culturales de Danos Tiempo”. Poco a poco, el grupo se fue ampliando y ni siquiera en aquellos meses duros del confinamiento dejaron de reunirse a través de videollamadas semanales. Este año, han alcanzado el máximo histórico de participantes.

Así, entre madejas y patrones, ovillando y desovillando, este grupo de hortalinas van enhebrando sus lazos de camaradería y afecto. Cuentan que se sienten como en una familia. “El grupo es refugio no solo ya para tejer, sino para soltar todo lo que necesitemos soltar, darnos ánimo cuando hace falta, reír, llorar…”, puntualiza Isa, otras de las veteranas. Para Almu solo falta una última barrera por derribar: la del género. “Nunca se ha interesado ningún chico por unirse al grupo”, comenta. “Si lo hubiera habido, lo habríamos acogido de mil amores, pero sigue habiendo mucho prejuicio”, concluye Almu para dejar constancia de que, en el arte de tejer, como en la vida, nunca hay que dar puntadas sin hilo.

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