La llegada de la primavera al barrio es siempre una fiesta, tenemos la inmensa fortuna de tener zonas verdes, bulevares, parques y dehesas. Además, la contaminación se queda unos metros por debajo, a la altura de la M-30 y Hortaleza, que como saben está elevado, se convierte en un distrito algo más sano.
Estas semanas, viendo cómo florecían las catalpas, las hortensias, las camelias o las margaritas, me preguntaba si podemos perderlo todo de un día para otro. Perder la primavera, el sonido de las urracas o el susurro de los estorninos, me preguntaba si somos conscientes de que nuestras vidas transcurren en una calma cotidiana. Amanecemos cada día y nos incorporamos a la melodía de los días que se suceden en un orden aprendido.
En realidad, aunque no lo veamos, vivimos en un maravilloso mar en calma. Nos asomamos a una pantalla y mientras cenamos vemos filas interminables de familias atrapadas en una ciudad en llamas, niños caminando de la mano de sus madres mientras atraviesan un campo prostituido por maquinaria militar, camillas con cadáveres que vienen y van, casas en ruinas, calles sembradas de escombros, explosiones en el horizonte, sí, cierto, pero es un horizonte ajeno. Son edificios ajenos, niños que no son los nuestros, casas de otros, calles que poco tienen que ver con nuestro barrio. Eso es un infierno, lo nuestro es una suerte. ¿Realmente somos conscientes de que podemos estar al borde de una guerra? Lo dudo.
“La guerra es una masacre entre gentes que no se conocen para provecho de gentes que sí se conocen, pero que no se masacran”, Paul Valéry
Las personas podemos imaginar el dolor ajeno, podemos recrearnos en él, lamentarlo, denunciarlo, pero no podemos sentirlo. Los animo a que hagan este ejercicio de la imaginación, que construyan por un momento cómo cambiaría nuestro barrio, sus vidas, la de sus familias, si mañana el cielo lo surcaran aviones de combate o drones, si tuviéramos que meternos en el metro o los sótanos de las casas. Tras unos minutos, comprenderían que somos una parte de la Tierra que en estos momentos vive realmente bien, que la mayoría de nuestros problemas son nimios, porque ahí fuera el mundo está ardiendo.
Decía el poeta francés Paul Valéry que “la guerra es una masacre entre gentes que no se conocen para provecho de gentes que sí se conocen, pero que no se masacran”. ¿Qué tendremos que ver los pueblos, las ciudades y los barrios con la megalomanía y la ambición de unos pocos? Hay un libro que leí hace ya muchos años que me dejó una huella profunda: El mundo de ayer del escritor austriaco Stefan Zweig. Es la mirada de un ser humano hacia la transformación aparentemente silenciosa del mundo. Despierta la conciencia del caminante desprevenido, agudiza los sentidos y transporta la mirada a lo que puede acontecer y no queremos ver.



