En una época en que la arquitectura parecía dominada por el funcionalismo, un arquitecto italiano, Giancarlo De Carlo, planteó una idea revolucionaria: los edificios y las ciudades debían diseñarse para y junto con las personas que los habitan. Aquello lo convirtió hace algunas décadas en uno de los principales referentes de la arquitectura participativa y en una figura esencial para comprender la relación entre espacio, democracia y ciudadanía.
Mucho debió de interesarle esta figura a Inés Gil, estudiante de Arquitectura en la Universidad de Cambridge (Reino Unido), para centrar su trabajo de fin de carrera en el epítome de un enfoque arquitectónico que coloca a la comunidad en el centro del proceso de diseño urbano: los centros sociales okupados. En su tesis, Inés busca demostrar el potencial de la arquitectura participativa para transformar espacios urbanos en lugares más inclusivos y sostenibles. “Siempre me interesaron los proyectos que tienen que ver con la reutilización de los espacios abandonados”, explica Inés, que cree firmemente que la arquitectura puede llegar a mejorar la sociedad cuando quienes habitan los espacios tienen voz en su diseño.
“Siempre me interesaron los proyectos que tienen que ver con la reutilización de los espacios abandonados”
A través de su investigación, Inés demuestra cómo talleres, encuestas y prototipos colaborativos permiten que vecinos y profesionales diseñen juntos espacios que responden a las necesidades locales. “Fue mi abuela materna quien despertó en mí la curiosidad por este tipo de proyectos arquitectónicos y fue ella también quien me puso en contacto con Rufo, un vecino del barrio”. En su búsqueda de casos emblemáticos de participación comunitaria, Inés eligió La Animosa (centro social okupado en unas oficinas sin uso de la calle Mar de Japón) como ejemplo de un espacio que rechaza los modelos que excluyen a los ciudadanos de las decisiones sobre los lugares que habitan. Rufo puso a Inés en contacto con personas de este centro. “La Animosa es el ejemplo perfecto de personas que reestructuran el entorno físico para organizarlo social y políticamente creando el espacio para ello”, explica Inés. “Una oficina que se transforma físicamente también sirve como acto de protesta contra la propiedad privada”.
A la vez que crecen los problemas relacionados con el acceso a la vivienda y la especulación inmobiliaria, el interés por modelos que conceden un papel más activo a los ciudadanos ha cobrado fuerza. La investigación de Inés constituye un llamamiento a una práctica profesional más abierta y colaborativa, que aboga por una arquitectura que trasciende la construcción de edificios para convertirse en una herramienta de fortalecimiento social y mejora de la calidad de vida. “A mí me interesa la toma del espacio: decorarlo, mantenerlo, cuidarlo. Eso es lo más impresionante, que se convierta en un espacio vivo”, concluye Inés.





