Ayer, un vecino de Hortaleza solicitó mi taxi a través de una de esas apps para smartphones que geolocalizan al taxista más cercano a golpe de clic —la tecnología acabará devorándonos—, y al acudir en su busca y encontrarnos y montarse en mi taxi, no hizo falta siquiera indicarme el destino, ya que la aplicación de marras también me ofrecía dicha información. Una vez finalizado el trayecto, el usuario tampoco tuvo que sacar su cartera u ofrecerme su tarjeta de crédito y teclear PIN alguno o cotejar su firma, ya que la misma aplicación se encarga además de cobrar automáticamente la carrera al número de cuenta previamente registrado. Resumiendo: ya no es necesario hablar ni tan siquiera para indicar un destino o preguntar “¿qué le debo?” o “¿tiene cambio de 50?” o qué sé yo. Sin embargo, quería centrarme en este usuario dado que, aunque no fue necesario hablar del destino o del importe de la carrera o del modo de pago, sí que me pidió, por favor, si podría aprovechar el trayecto para cargar en mi taxi la batería de su cigarrillo electrónico. Venía de un bar y en el bar no había enchufes para tales menesteres y, claro, entre calada y calada, acabó por agotar la electricidad necesaria para convertir sus caladas de nicotina en vapor de agua. Le cedí mi toma de corriente y ahí anduvimos, cargando en silencio su pitillo mientras yo me imaginaba que algún día, tal y como avanza este siglo esquizoide, aquel mismo usuario acabaría pidiéndome cargar la batería de su pulmón artificial, o tal vez coordinar los latidos de su corazón eléctrico con la cadencia del motor del coche.

Recordé aquella otra ocasión en la que un usuario tomó mi taxi, smartphone en mano, buscando ligues compatibles con su perfil a través de una de esas webs de contactos casuales, indicándome girar por tal calle o tal otra según aparecía en su pantalla y en tiempo real la ubicación de un tal Carlos, moreno, metro ochenta, 33 años, o Blasco, castaño, monitor de gimnasio, y acabamos parando el taxi cuando pitó su móvil junto a un tipo que caminaba calle Hortaleza abajo. Mi usuario se bajó del taxi y no hizo falta más que una mirada y un pitido en el móvil del otro para marcharse los dos juntos. Y así es como el mundo se desploma: cuando una aplicación vale más que mil palabras.

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