La historia comienza en 1998. El pintor Carlos García-Alix se topa, en sus pesquisas en el Archivo de la Causa General, con una estremecedora confesión manuscrita de 63 folios de extensión obra de Felipe Sandoval, quien bajo toda clase de torturas a que fue sometido por parte de la Brigada de la División de Investigación Política -“le han pegado sin compasión y tiene más cara de muerto que de vivo”, afirmaba su compañero, el periodista Eduardo de Guzmán, en su libro Nosotros, los asesinos (1976)-, fue obligado a confesar y delatar a quienes habían sido sus compañeros de lucha, granjeándose con ello su más enérgica repulsa al ser considerado un traidor.

Esta pista le invitó a embarcarse en El honor de las injurias (2007), un interesante documental en el que el pintor leonés se decide a desentramar una búsqueda que lleva años obsesionándole: la explicación de por qué un albañil de un barrio degradado de Madrid -un puñado de casuchas comprendido entre el Paseo de las Acacias y el de Yeserías- termina convirtiéndose en el brazo ejecutor al servicio de una revolución que en 1939 ya se había revelado fracasada. Como confesaba el propio director, “no hay revolución sin verdugos. Poner el foco en el verdugo es la parte más fea y dolorosa. Sandoval fue un verdugo al servicio de la revolución. Hoy es muy difícil comprender el grado de violencia feroz que asolaba España”.

HPV22 Foto Felipe SandovalFelipe Sandoval en una ficha policial de 1925

El historial de Sandoval

Cuando Sandoval fue conducido, en junio de 1939, a la comisaria de la calle Almagro como integrante de la “Expedición de los 101” -una selección de hombres significados por su militancia política o sindical, extraídos de entre los miles que aguardaban un barco que jamás zarparía del puerto de Alicante rumbo al exilio-, al Dr. Muñiz -alias por el que se le conocía- se le tenía como “el más peligroso atracador y pistolero, un asesino y un gánster que muy pronto recibirá su merecido”, tal y como se jactaban, henchidos de orgullo, quienes lo trasladaban a dependencias policiales.

Suyos eran hitos como la expropiación en 1932 al abastecedor Agapito Velasco de 35.000 pesetas que presuntamente pertenecían a comedores de asistencia social, el atraco al Banco de Vizcaya de la intersección de las calles Fuencarral y Manuela Malasaña, o el asalto a la Cárcel Modelo de Madrid en 1936, cuyo saldo fue el de varios derechistas fallecidos.

Pero si un hecho ensombrece la vida de Sandoval es el rol desempeñado por éste en el Comité Provincial de Investigación Pública de Madrid, erigiéndose en el principal dirigente de la represión hacia los sublevados y sus cómplices en la “checa” administrada por el Ateneo Libertario de Tetuán en el Cine Europa de la calle Bravo Murillo. Él, que había sido un proscrito, se vio de buenas a primeras convertido en una suerte de policía de la revolución, una figura antagónica a su ideario.

“Los anarquistas somos la hostia, compañero. Sabemos retorcernos el corazón si hace falta para cumplir nuestro deber revolucionario. Lo que esos jovencitos comunistas que presumen de coraje no se atreven a hacer, aquí está el viejo Felipe, anarquista, dispuesto a hacerlo en bien de nuestros sagrados ideales. Aunque el corazón se me salga por la boca”.

De entre las decenas de ejecuciones que se le atribuyen, llama la atención de manera singular la de Florián Ruíz Egea por diversos motivos. En primer lugar, porque se supone que Ruíz Egea era compañero de militancia -ostentaba el carné 196 del Sindicato Único de Técnicos de la CNT creado por los funcionarios del Cuerpo Facultativo de Archiveros y Bibliotecarios-.

En segundo lugar, porque no representaba a priori una gran amenaza para la defensa del orden republicano -su rol era el de peritar las diversas bibliotecas incautadas en el transcurso de la guerra-. Y, en lo que a este periódico respecta, porque su ejecución se llevó a cabo en las dependencias de la denominada “checa campo libre”, dirigida por el entonces secretario del Comité Regional de Defensa de la CNT -el gallego Eduardo Val- y ubicada en Canillas.

La ejecucción

Las circunstancias del crimen fueron las siguientes: en pleno proceso de depuración de fascistas infiltrados -“quintacolumnistas”-, el Comité Regional encomendó a Sandoval ejecutar a Ruíz Egea, Doctor en Filosofía y Letras, y bibliotecario de la Biblioteca Municipal de Chamberí, de quien se tenían claros indicios -el sindicato al que pertenecía lo habían creado en febrero de 1937 nacionalistas de ideología anti-republicana que propagaban bulos y noticias falsas para hacer cundir el derrotismo entre las filas republicanas y que se habían afiliado a la CNT para evitar hacerlo a un sindicato afecto a la UGT-.

El 16 de agosto de 1938, Sandoval llamó a Ruíz Egea invitándole a acompañarlo a fin de reconocer una biblioteca que había sido incautada, algo de lo que ya se había encargado en ocasiones anteriores. Por encargo de Manuel Salgado -responsable de los Servicios Especiales del Ministerio de Guerra-, fueron Felipe Sandoval, Antonio Prieto y Gregorio Sánchez “El Mangada” -conductor- a buscarlo a su domicilio y, en lugar de trasladarlo a la presunta biblioteca, lo hicieron al antiguo Colegio de Huérfanos de Correos y Telégrafos en la finca El Quinto, en una zona limítrofe de los municipios de Canillas y Hortaleza (en la actualidad Gran Vía de Hortaleza), en cuyo jardín -conocido por “la granja”- fue asesinado.

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