Fue a través de Carmen Bengoechea que la conocí. Eran amigas desde los tiempos de Fray Escoba y, en una entrevista por videoconferencia sin imagen, su voz y tonos me hacen creer que las dos amigas hablan a un tiempo.

Esas inflexiones le valen a Carmen, la filósofa de Hortaleza, para hablar de amor al saber (filosofía) mientras Sonia las emplea para contagiar su amor a los caballos. Lástima que no exista el término “filohipía” desde que Demóstenes abroncó a Filippo de Macedonia. El nombre del padre de Alejandro Magno, como el de los Felipes y las Felipas, significa amor por los caballos; sin embargo, una filípica nada tiene ya que ver con los equinos.

Sonia tendría que llamarse Felipa o Pegaso, el ser imaginario que le gustaría ser. Tras varios periplos, esta hortalina se asentó en tierras abulenses, en Santa María del Tiétar. Habíamos quedamos por segunda vez a través de Zoom. Ayer se estropeó la bomba de agua y hubieron de sacar a mano el agua para los caballos. Con la que está cayendo, “los caballos son lo primero”.

PREGUNTA: ¿De dónde eres?

RESPUESTA: En el barrio de la UVA de Hortaleza es donde ha estado mi infancia. La asociación que había ahí, en la que Carmen también participó, Fray Escoba, fue en lo que más me involucré socialmente con el barrio.

¿Cómo te fue en Fray?

Bueno, primero como niña, me daban la oportunidad de aprender a relacionarse con otros compañeros, con dinámicas de grupo y con actividades que te hacían crecer como persona. Luego vi que ese crecimiento personal te permitía ser capaz de ayudar a los chavalillos que había por allí.

¿Qué pasó con la parroquia?

Ahí estaba Gabi, que era el cura que inició Fray Escoba. Tuvieron que cerrar porque otro cura que le siguió no les dejaba entrar en los locales. Gabi era muy de buscar alternativas para el pueblo. Se involucraba en el tema social, en ayudar al prójimo.

¿Qué querías ser de mayor?

Siempre tenía en mente trabajar o ayudando o cuidando con niños o con animales. Yo quería ser Félix Rodríguez de la Fuente.

¿Eres muy social?

El tema de las reivindicaciones sociales lo tenía muy mamado desde mi familia. Soy la cuarta y tengo tres hermanos chicos por delante. El segundo por arriba siempre ha sido muy conflictivo, insumiso, rebelde, muy revolucionario.

¿Dónde estudiaste?

De pequeña estuve en el Santa Fe hasta que cerró. Estaba en lo que es la calle Mar de Aral, un colegio chiquinino. Y luego ya pasé al Pablo Picasso y después al de la UVA, el Rosa Chacel.

¿Otros estudios?

En una ocasión me fui a probar la aventura de estudiar en la universidad. Trabajar de campo era muy complicado, los biólogos terminaban en laboratorios… Como que no me motivó.

¿Entonces?

Me fui a Pirineos. En esos momentos considero que el barrio no daba esas opciones laborales de seguir allí. Estaba todo muy encapsulado. La sociedad que nos tocó no transmitía el enraizarse allí.

"Siempre tenía en mente trabajar o ayudando o cuidando con niños o con animales. Yo quería ser Félix Rodríguez de la Fuente"

¿A qué te dedicaste?

Estaba de camarera, o sea, nada que ver con la vocación de animales y niños. Me tocó de camarera que es el típico trabajo para salir del paso y empezar a independizarse. Allí empecé con el tema de los caballos para enfocar mi vida y el proyecto. Compaginé ser camarera con el tema de los caballos.

¿Tenías formación o experiencia?

Era experiencia de ocio. Por mi cumpleaños, mis padres me regalaron lo que más me gustaba, que era montar a caballo. Y ahí me entró el gusanillo. Tendría 16 o 17 años. No sé si serían tres veces, tres cumpleaños, algo esporádico. Me entró el gusanillo. Allí en Pirineos vi caballos: ¿Y si pruebo esto? Y sin saber prácticamente nada, me lancé a la aventura.

¿Cómo!

El trabajo de camarera era en un camping de UGT. Tenía mi horario matutino y las tardes libres. Le propuse al camping que, si yo ponía caballos, ellos se llevaban una comisión por los clientes que me podrían traer del camping. Y así fue.

¿Alquilabas los caballos?

No, los compré. Busqué un tratante de caballos que me dijeron por allí en el pueblo donde vivía, Ligüerre de Cinca. Me fui a verlos sin saber nada. Él me ofreció los más baratos y, claro, los más baratos eran los viejitos, los que eran muy rebeldes… Y bueno, pecas de novatada y algunos eran muy complicados de manejar porque tenían muchos miedos. Había que reeducarlos.

¡Pero si no sabías!

Es que soy un poco intrépida. Hice un curso de un fin de semana donde sí me ensañaron lo básico de cómo cuidar un caballo. Eso fue después de independizarme de mi familia.

¿Basta con dos días?

En Pirineos contacté con un francés que hacía doma natural. Estuve aprendiendo de él y preguntándole para aplicarlo a los caballos que yo tenía. Desde ahí, empecé a formarme con Lucy Ress, que hace doma natural. Gracias a eso, los caballos que, supuestamente, según la gente del pueblo, “no valen para nada, hay que llevarlos a matadero…”, los reeduqué y pude trabajar con ellos para gente que no tenía ni idea de caballos.

¿Qué tal salió?

Funcionaba muy bien. La gente quedaba muy contenta de las rutas que hacía y de las clases que daba. Un poquito la motivación de esto lo estoy haciendo bien y los caballos que tengo están sintiéndose a gusto.

¿No tenías miedo a un accidente?

Lo he sentido desde mí misma con las primeras caídas, porque eran caballos difíciles y yo de de un cursillo de fin de semana y de tres veces que has montado no sabes agarrarte ni nada. No sé, tendré un angelito por lo que las caídas no me han hecho grandes descalabros en mi vida.

¡Qué bien! ¿Nunca?

Bueno, me rompí la pelvis en una ocasión, la más grande. Cuando me caí y estaba en el suelo pensando que me había quedado paralítica, mi pensamiento era voy a seguir montando aunque no pueda andar. ¡Que se te caiga un caballo de quinientos kilos encima, eso tela, telita! Es tan fuerte el placer que sientes o la unión que sientes con los caballos que, pase lo que pase, yo voy a seguir montando.

¿Has tenido secuelas?

Nada. Después de dos meses de estar encamada, empecé a andar de nuevo y ningún dolor, ninguna molestia.

¿Tienes hijos?

Dos, Vicente que tiene 13 años y Clara con 11.

¿Y tienen tu misma pasión?

La niña, sí. A la niña la llaman Ciclón porque es igualita a mí de aspecto, de forma de actuar y, bueno, los caballos lo ha mamado desde el principio y le encantan. Al muchacho no le gustan tanto. Prefiere las tecnologías.

¿Continuaste en Pirineos?

Yo no podía llegar a vivir de ello. En invierno es el esquí lo que triunfa allí. Es difícil encontrar clientes que quieran pasar frío montando a caballo. Me salió una hípica en San Martín de Valdeiglesias, que era lo que siempre he soñado porque era caballos y niños.

¿Qué hípica?

Ahí combinaba campamentos de niños con caballos. Creo que es la actividad laboral más feliz de mi vida. Yo estaba en mi salsa, siempre rodeada de críos y con los caballos, enseñando a los niños y encima con un estilo enfocado a los indios.

¿A los indios?

Los indios norteamericanos a mí me chiflan y su cultura. El tema de la doma también me encantaba. Lo indios americanos manejaban los caballos como si fuesen su propia familia. Los tenían sueltos en el campo y montaban los caballos prácticamente sin nada.

¿Dejaste Indiana?

Lo que tengo ahora es una hípica. Cuando estuve en Indiana supe que era mi objetivo de vida, enfocar la educación a través de los caballos y para la gente. Ahí comencé a trabajar con discapacidad porque venía algún niño autista y grupos de asociaciones de discapacitados para hacer actividades. Allí me empecé a formar como monitoria de terapias ecuestres.

¿Cómo se monta una hípica?

Tuve la ocasión de hacer una capitalización del paro y me lancé en el valle del Tiétar a montar mi primera hípica. Compré los caballos, las monturas… En Navahondilla conocí a una chica a la que interesaba el proyecto de los caballos y decidimos hacer una asociación. Buscamos a fisioterapeuta que nos faltaba para la equinoterapia y los tres iniciamos la asociación.

¿Qué tal la asociación?

Estuvimos funcionando un año. Luego se tuvo que cambiar los integrantes de la asociación. Entró mi pareja y nos fuimos a Santa María de Tiétar, que es donde estamos ahora. Al final, la pareja con la que estaba en la asociación tuvimos que romper, se disolvió la asociación y lo he iniciado en 2020.

"Mi objetivo es que esto lo pudiera alcanzar gente que no tiene tanta economía como para hacer una actividad de ricos"

¿En plena pandemia?

Es lo que me ha salvado. Como todos los niños del valle no podían hacer ninguna actividad porque estaban cerrados los locales de manualidades, inglés, deportivos…, la única opción que tenían era hacer algo al aire libre.

¿Es cara la hípica?

Mi objetivo es que esto lo pudiera alcanzar gente que no tiene tanta economía como para hacer una actividad de ricos. El paseo de una hora, son 20 euros. Luego, para los que vienen de continuo para dar clases, es a 45 euros cuatro clases.

¿Desde qué edad se pude montar?

Yo he montado hasta bebés. Es estimulación de emociones, de sentimientos. El tema sensorial de tocar un caballo, los pelos del caballo. Eso hace que superen el miedo o el asco que pueda provocarle.

¿Para quién no está indicado el caballo?

Por ejemplo, personas con epilepsia. Hay dolencias que son contraproducentes. Con síndrome de Down, por cervicales y otros factores, el médico no se lo permite.

¿Qué equipamiento es necesario para este deporte?

Al menos, pantalón largo porque te protege de las correas que tiene la silla para evitar roce. Obligatorio es el casco. Hay gente que trae espalderas, un chaleco que te protege… Dependiendo del miedo que lo padres tengan a una caída.

¿Qué consigue un paseo a caballo?

Cuando viene la gente a montar como ocio, le digo este caballo me está diciendo cómo estás tú. Si estás con miedo, si estás con seguridad; si dudas, el caballo va a decidir por ti. Alguien que duda de sí, no puede ser un líder. El caballo lo que busca en el jinete es un líder. Es algo más que montar y dar un paseo. Me gusta enfocarlo así, a cosas que pueden mejorar. El caballo es un espejo de tus emociones.

¿Cómo ha de ser la relación con un caballo?

Es una ayuda mutua. Tengo un animal que lo veo nervioso y agitado, tengo que buscar lo que le pasa; si encuentro la problemática y le doy confianza para superarlo, el caballo se relaja porque yo le estoy transmitiendo esa relajación. Es una simbiosis. Él me transmite lo que yo tengo que mejorar y yo le ayudo a mejorar a él. La relación favorece a los dos seres.

¿Qué es la equinoterapia?

Tiene muchos enfoques. Desde el psicológico, a cualquier persona, incluso sin discapacidad, el caballo le puede ayudar. Si eres observador o alguien te ayuda a observar lo que el caballo te dice, te va a transmitir lo tú estás sintiendo y, a través de esa observación, puedes modificarla. El tema afectivo, igual. El vínculo que se va creando con el caballo cuando tú vas superando el montar a caballo y vas aprendiendo a manejarlo te hace crecer y te valoras a ti mismo.

¿Cómo son las terapias?

Yo le llamo rutas terapéuticas. Son personas con autismo o hiperactividad que pueden interactuar con su propio caballo, siempre voy con ellos guiándoles y aconsejándoles cómo tienen que hacer. Vamos enfocados a la autonomía personal.

Las rutas terapeúticas las incluyo incluso dentro de una ruta normal. Tengo, por ejemplo, un cliente que lleva años desde Navahondilla que nos conoció, que se llama Stefan, uno de los protagonistas de la película Campeones. Empezó teniendo pánico a los caballos porque en otra hípica y el caballo se había levantado de manos con él encima. Le daban pánico los caballos. Al principio, con todo lo grande que es el muchacho, me tuve que montar con él en monta gemela. Ahora, si lo ves, está empezado a galopar. La autonomía y la superación personal ha sido increíble.

¿En qué te gustaría reencarnarte?

Sería un pegaso. Las aves siempre me han chiflado. Es otra de las pasiones que tengo, ser ornitóloga y aprender de las distintas especies de pájaros. Combinar los dos animales sería ideal. Un caballo con alas, sí.

¿Qué proyectos de futuro tienes?

El coaching con caballos. Es otra de las fases que voy a intentar dentro de las actividades que quiero hacer para mujeres maltratadas, gente de la cárcel, centros de menores, situaciones familiares muy complicadas…; con el caballo se logra cómo enfrentarse a los problemas y cómo superarlos. Para empresa funciona muy bien. El caballo me está diciendo lo que yo no he podido ver. La terapia a través de los caballos es como abrir la ventana y ver un rayito de luz cuando el caballo me está diciendo que a lo mejor podría llevar mi vida este camino».

Sonia Jiménez acaricia con la mano a un caballo. DANIEL MILLS SALCEDO

 

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