Las mañanas de domingo son un pulmón para la alegría. Si además se le suma un cielo otoñal luminoso, las calles y los parques se llenan de una vecindad que despierta sin prisa y respira, hace deporte, juega, disfruta de familia o amistades y, cada quien a su manera, se prepara para la semana laboral o lectiva del mejor modo.
Hay quien también aprovecha para prepararse y el paseo lo convierte en visita al mercadillo de los domingos. En la Carretera de la Estación de Hortaleza, nuestra naturaleza recolectora disfruta de esa primitiva satisfacción del guirigay de los puestos y de la cesta de fruta y verdura.
Por eso llama la atención que, a pie de mercadillo y frente al colegio Filósofo Séneca, unas doscientas personas dediquen su mañana de domingo a concentrarse con gesto serio y preocupado. “¿Qué ha pasado?”, algunos preguntan mientras rueda su carro de la compra, otros agachan la cabeza desconfiando. Dos furgones de policía tapan la valla del colegio y las personas concentradas acompasan sus palmas y muestran una pancarta: “Ayer y siempre, Hortaleza contra el fascismo”.
Puede que algunos digan: “Es cosa de política”, pero quienes quieren saber y preguntan se enteran de que está habiendo agresiones; de que, en la madrugada del 23 de noviembre, un grupo violento agredió con gas pimienta a cuatro músicos portugueses y a uno de los organizadores del concierto que habían dado en el centro social El Nido; también que, una semana antes, de un coche salió un individuo con el maldito gas para agredir a unos niños que estaban en la puerta del centro de ocio juvenil QuedaT de la calle Mar Amarillo; también de que la puerta de la asociación vecinal La Expansión de San Lorenzo apareció vandalizada con cruces nazis o que, al poco, la tapia del parque Isabel Clara Eugenia amanecía con una pintada xenófoba.
Sin quererlo, construimos párrafos largos para esbozar hechos que amenazan la convivencia y la seguridad. No hablemos en términos de política, pero usemos la razón para entender por qué un grupúsculo quiere extender el cáncer del miedo en nuestras calles. ¿Quiénes son? ¿Por qué la violencia? ¿Quién los alimenta en la brutalidad y el odio? ¿Cuál es la verdad de estas gentes que reivindican el totalitarismo? ¿Por qué se apropian de los signos de una ideología que fue responsable de la segunda gran guerra y del exterminio de millones de personas? Tantas y tantas preguntas.
Los últimos agredidos, que sepamos, son los músicos de Los Santeros y uno de Conan Castro and the Moonshine Piñatas. ¿Cómo les podemos explicar que en el barrio de Hortaleza no somos así? ¿Nos vamos a justificar aludiendo a que son nuevos vientos de viejas pesadillas? ¿Que ellos en Portugal también los padecen? Os enviamos desde esta redacción un fraternal abrazo y os damos las gracias por habernos visitado en el distrito.
Además, nuestra respuesta tanto a estas como a otras mil preguntas que no caben en esta página fue la de aquella mañana de domingo soleada junto al mercadillo. La respuesta está en quienes preguntaban y expresaban con su mirada la desaprobación y el temor a que vuelvan otras épocas de represión. La respuesta está en quienes unían sus palmas y sus voces.
No podemos dejar como cuestión de política partidista el atajar la violencia. Esto es una prioridad de la sociedad. Nos toca a cada una y cada uno. Nos toca en las casas, porque ahí se gesta lo maravilloso de cada vida; en las aulas, porque estas acompañan en el crecimiento de lo mejor del ser humano; en las administraciones, porque tienen herramientas suficientes para garantizar la concordia, esa cualidad de aunar sentimientos.
También los medios de comunicación tenemos que estar ahí, no meter la cabeza en el agujero del avestruz, no dar aire al fuego de la intolerancia y no dejar que cada agresión desaparezca en el ruido de un mundo global que parece normalizar la violencia. Deseamos que cualquier mañana de domingo, con sol o sin él, disfrutemos de la convivencia. La vida es limitada y no queremos que la barbarie nos la limite aún más.



