Decía Galileo que las matemáticas son el alfabeto con el cual Dios ha escrito el universo. Hoy, en esta época de algoritmos y lógica, echar un ojo a las cifras también nos ayuda a comprender cómo está hecho el mundo.
Fijémonos en una de esas cifras: 97%. Es el porcentaje de mujeres trabajadoras en educación infantil. Abrumadoramente femenino. Otra cifra: 1.221 euros al mes, por catorce (x14) pagas. Es el salario mínimo interprofesional, y es lo que cobra la mayoría de esas trabajadoras de educación infantil. El mundo está hecho así: se considera lógico que las mujeres cobren menos por hacer un trabajo esencial. Seguro que las educadoras infantiles no le ven la lógica a este axioma.
A veces se piensa que lo contrario a las matemáticas es la poesía. Cuando hablamos del cuidado y la educación de los niños pequeños, de cero a tres (0 a 3) años, todo es poesía. Ana Mato, aquella ministra de Sanidad del PP, es la autora de una de las frases más poéticas que se recuerdan sobre el cuidado de los hijos: “Mi momento favorito del día es por la mañana, cuando veo cómo visten a mis niños”.
En esa escisión entre matemáticas y poesía, estaría el remedio a la situación de las trabajadoras de la educación infantil en Madrid. En sus reclamaciones, ellas son matemáticas: que baje la ratio de niños (niños/clase), que haya dos (2) y no una (1) educadora por aula.
"Sucede que la vocación y el amor por los niños no llenan neveras ni pagan alquileres"
En cambio, quienes tendrían que dar soluciones a estas educadoras, todas las administraciones, les suelen responder con poesía: vocación, amor por los niños. Sucede que la vocación y el amor por los niños no llenan neveras ni pagan alquileres. Cuando las matemáticas no llegan para mantenerte, la poesía sale por la ventana.
Sin embargo, las educadoras infantiles, protestando, hacen poesía. Llenan las calles de la ciudad, también las calles del distrito de Hortaleza, de un amarillo que brilla para reclamar algo tan básico como la dignidad para su trabajo y para sus salarios.
Dejamos en manos de estas mujeres lo que, aseguramos, es lo más valioso para nosotros: la educación de niños de 3 años o menos. ¿De verdad queremos que lo hagan en malas condiciones? Si les confiamos a nuestros hijos, ¿por qué no confiamos en ellas cuando reclaman lo que es justo?
Hagamos las cuentas de lo que queremos gastar en lo que más importa. Seguro que hay cosas menos perentorias que la cara de felicidad de un niño: la mejor poesía.





