Hay artistas que dedican buena parte de su carrera a perseguir la novedad. David Rodríguez parece estar en otro momento. El músico catalán afincado en Hortaleza desde 2018 acaba de publicar Máximo, el nuevo disco de La Estrella de David, y lo presenta sin grandes discursos. “No creo que sea el cierre o la apertura de nada. Es solo otro disco”, resume. La frase encierra buena parte del espíritu de un álbum que llega después de una trayectoria singular dentro de la música independiente española. Desde los años noventa con Beef hasta su trabajo como compositor, productor y líder de La Estrella de David, Rodríguez ha construido una carrera alejada de las modas.
En Máximo, grabado en Estudios Primarios de Hortaleza y en Audiomaier del barrio de Gràcia (Barcelona), se ha desprendido de cualquier obsesión por resultar original. “Me di menos importancia”, reconoce. Frente a la búsqueda de referencias poco transitadas que podía haber en trabajos anteriores, esta vez se ha apoyado en los sonidos que marcaron su juventud. “He optado por vestir las canciones usando referencias rock muy manidas”. Entre ellas, Wedding Present, New Order o Burning.
“He optado por vestir las canciones usando referencias rock muy manidas”
Más allá de las guitarras, el corazón del disco sigue estando en las canciones y en los temas que han acompañado a Rodríguez durante décadas. Especialmente el amor. “Me interesa mucho el amor o la ausencia de él”, afirma. También la frustración que generan las expectativas sentimentales y la dificultad para encontrar respuestas universales. “Sigue sin haber una fórmula mágica que le funcione a todo el mundo”. Su escritura, además, nace más de la experiencia que de la ficción. “En mis canciones, hasta el momento, he usado poco la imaginación. Vienen más de la memoria. Y de la observación del mundo desde mi prisma”.
Quizá por eso sus canciones siempre han estado pobladas por escenarios cotidianos, relaciones imperfectas y personajes reconocibles. Un universo que encaja bien con el lugar donde ha echado raíces. David Rodríguez llegó a Hortaleza hace ocho años y encontró aquí algo familiar. Criado en Sant Feliu de Llobregat (Barcelona), reconoce que los barrios obreros comparten códigos similares. “Me he criado en un barrio de clase trabajadora entre descampados. Y supongo que, al final, todos los barrios de clase trabajadora se parecen”.
“Me siento muy enraizado en el barrio y mi vida social la hago casi toda en el 28033”
Frente a los centros urbanos, cada vez más orientados al consumo y al turismo, Hortaleza le ofrece una experiencia distinta de ciudad. “Nunca estuve cómodo en el centro de las grandes ciudades, que me parecieron siempre –y cada vez más– escaparates donde desarrollar simulacros de vida”. Su relación con el barrio va más allá de lo residencial. “Me siento muy enraizado en el barrio y mi vida social la hago casi toda en el 28033”, asegura. Entre sus referencias habituales cita el Club del Disco, El Nido de Hortaleza, el bar La Gamba (donde juega al mus con sus amigos) o el restaurante Miguel Ángel.
Esa vinculación cotidiana con Hortaleza no es una anécdota en su biografía reciente. Forma parte del lugar desde el que observa, vive y compone, lejos del ritmo acelerado del centro de la ciudad. Sin nostalgia por los años noventa, Rodríguez mira más al presente que al pasado. “Nostalgia, ninguna”, afirma. Y también reconoce un cambio personal que atraviesa las nuevas canciones. “Creo que ahora soy mucho menos cínico. Más reconciliado con lo importante. O intentando reconciliarme”.





