Lo cantaban Marta y Marilia en su álbum Ella baila sola a finales del siglo xx: “disimulando miras en sus ojos / vacíos de tanto disimular”. Mucho habrá disimulado el destinatario de esa letra para vaciar su mirada de todo mensaje. ¿Vivimos en una sociedad que disimula?
Disimular implica ocultar, enmascarar, encubrir y fingir, entre otros sinónimos. Siempre supone manipular la realidad. A veces se hace con fines criminales como medio para robar, echarle la culpa a otro o salir de rositas de una situación incómoda o comprometida. En otras ocasiones, el disimulo es como las mentiras piadosas, parientes de no herir o salir de un apuro venial. ¿Quién no ha disimulado alguna vez cuando ha visto a alguien a quien no le apetecía saludar? ¿Quién no ha sonreído a quien le cae fatal? ¿Quién no ha hecho como que no oye una impertinencia? Y con las caídas tontas, ¿quién no se ha levantado diciendo que no pasa nada?
Disimular es algo habitual en el día a día. Todas y todos tenemos madera actoral y, de hecho, cada cual tiene un prósopon, palabra griega que, a través de etruscos y romanos, nos llegó como “persona” y que significaba “lo que está delante del rostro”, es decir, la máscara. Hablando de los orígenes, uno de los moralistas que describió la simulación o falsedad fue el discípulo y sucesor de Aristóteles, a quien este le puso el apodo de Teofrasto, “frase divina”. Después de describir muchas de las artimañas de quienes simulan, advierte que es “más conveniente guardarse de estas costumbres dobles y solapadas que del veneno de las víboras”.
Un ejemplo venial y actual del disimulo lo tuvimos en las recientes Fiestas de Primavera. El pregón con el que daban comienzo estuvo a cargo del XV de Hortaleza, el equipo de rugby del distrito que celebraba su 25 aniversario y que fue muy aplaudido. En el escenario había un personaje que trataba de esconderse tras otras figuras más altas. Se trataba del concejal presidente, quien por tercer año iba a recibir una pitada por su política cainita de dañar a determinadas asociaciones del distrito y tratar de sembrar la discordia. Esta vez no se atrevió a coger el micro.
David Pérez se esconde durante el pregón para no ser abucheado
Más allá del mal uso del espacio público por el excesivo nivel del sonido y por no asumir su papel como responsable del distrito, @davidperez escribía: “Me llega que los cuatro de la pitada frustrada…”. Simular que no estaba allí, que eran cuatro y se frustraron podría entrar en una antología del disimulo, mal endémico este que las redes sociales han elevado a la enésima potencia y a algunos los hace sentirse demiurgos con la X, pero la realidad es la realidad.
En este número hemos mirado hacia la Educación Infantil. Se nos llena la boca sobre la importancia de la etapa infantil. La neurociencia nos demuestra que la etapa de los 0 a 6 años establece las bases del desarrollo cognitivo, emocional y social. Demasiado importante, ¿no? Sin embargo, ¿por qué las escuelas infantiles sufren abandono e infrarreconocimiento? Por favor, dejemos de llamarlas guarderías, son muchísimo más y sus trabajadoras han sido minusvaloradas y mal pagadas. Apoyemos su huelga.
Nuestros administradores también disimulan con los desalojos, con impedir la libertad de expresión, con no democratizar la palabra y con imponer barreras a la cultura y discriminar a la población diversa impidiéndole la movilidad.
Sin embargo, en una publicación vecinal como esta, no vamos a disimular con la voz del vecindario, con que se destruya el patrimonio histórico, con que haya ciudadanos de primera y otros de tercera en la limpieza y mantenimiento. Tampoco vamos a disimular con que nos roben la riqueza cultural y que se prohíba la cultura popular. Devuelvan a Hortaleza los conciertos de los Encuentros de Portugalete y no nos burlen con juegos administrativos trileros.
No vamos a disimular que quienes dañan la convivencia y a la vecindad no son bien recibidos y eso lo diremos con la mirada, la voz, la palabra, negro sobre blanco y, ¿por qué no?, con silbatos.





