El mismo hombre que dirigió a los ejércitos que liberaron del fascismo a buena parte de Europa en la Segunda Guerra Mundial, Dwight D. Eisenhower, vino a España en 1959 para abrazarse, como presidente de Estados Unidos, al tirano Francisco Franco, el amigo de Hitler y Mussolini. Ese abrazo entre Franco y Eisenhower demostró que, como ya se sabía desde 1945, nadie nos iba a ayudar a escapar de la vergüenza de ser el último ejemplo en Europa de una época negra en la que imperaron los fascismos.

Cuenta Nicolás Sartorius que España puede presumir de que no nos trajo la democracia ningún ejército extranjero. Tampoco el español. En 1974 el ejército portugués se rebeló contra su propia dictadura jurásica en una revolución que produjo algunas de las imágenes políticas más hermosas de la historia de la península Ibérica. En 1975 el ejército español, en cambio, aún era el de la victoria de 1939 contra su propio pueblo.

Así que en 1975 los españoles seguían teniendo enfrente un régimen dictatorial que fusilaba y reprimía a su propia población hasta su último día. Las herramientas de quienes se oponían a que el franquismo siguiera después de Franco, tras dejar las armas la guerrilla antifascista 30 años antes, eran sus manos y sus gargantas. Obreros, vecinos, mujeres o estudiantes fueron los soldados de la democracia cuando, hace 50 años, al fin murió el tirano.

El franquismo concibió los barrios como depósitos de población que se movía por el país, primero huyendo de guerra y represión, luego en busca de sustento. Eran negocios urbanísticos sin infraestructuras, almacenes desordenados que se convirtieron, como efecto imprevisto, en escuelas de democracia. Los vecinos comprendieron allí lo que era luchar unidos por sus derechos.

En Hortaleza, un distrito con miles de chabolas y sin apenas servicios en 1975, hubo muchos vecinos y vecinas organizados (con ese lema: Cambiar los Barrios. Cambiar la Vida) que lograron paralizar una autopista que habría sajado al distrito, que organizaron la primera manifestación legal en Madrid tras la muerte de Franco, o que consiguieron salvar edificios históricos o imaginar zonas verdes en un lugar condenado a ser irrespirable.

Hoy, cuando los beneficiarios de la desmemoria vienen a los barrios a asustar para llevarse el voto del miedo; cuando otro Borbón exiliado pide su comisión como conseguidor de la democracia, está bien recordar lo que comenta Sartorius: la democracia la trajeron a España los de a pie, los costaleros de la democracia.

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