Alberto Pina (Atenas, 1971) pasó toda su infancia en Pinar de Chamartín y desde 2003 vive en Sanchinarro, donde tiene su estudio. Hace 25 años empezó su carrera artística, que compagina siendo profesor de instituto. No sabría calcular el total de sus obras, quizá más de 500, pero en Pina (editorial Papeles Mínimos) reúne cerca de 190, de forma no cronológica, entre pinturas, dibujos y grabados.

Guillermo Solana, director artístico del museo, destacó tres rasgos esenciales de su trabajo: la ausencia bien administrada, la sequedad y el tratamiento de la luz, al que llamó “el maestro del contraluz”. Lucía Montes Sánchez, comisaria y doctora en Filosofía, lo define como “el pintor de la inquietante extrañeza” en un texto que aporta una mirada muy profunda sobre su obra.

El pintor y escritor Carlos García-Alix, destacó su predilección por las periferias: “Es un terreno donde uno se siente en la frontera de muchas cosas. Una belleza desolada”. También señaló el silencio y el vacío como constantes en su obra, lo que hace de Alberto Pina un artista con una gran coherencia y uniformidad temática.

INTERÉS POR LOS LÍMITES DE LA CIUDAD

En los paisajes aparentemente eternos y monótonos cuando se viaja en carretera cruzando la meseta, Pina encuentra cierta belleza. “Soy un pintor realista, pinto lo que veo. Es la naturaleza que tenemos más cerca y la tenemos abandonada, muchas veces maltratada en los márgenes de la carretera”, comenta.

En el entorno urbano, las chimeneas, torres eléctricas, ruinas y sobre todo los descampados, forman una parte muy significativa de su obra en la que se puede sentir ese silencio que tanto lo define. “Me ha interesado mucho siempre los límites de la ciudad, también es una cuestión política”.

EL BODEGÓN COMO ACTO MEDITATIVO

Reconocido como un pintor de estudio, este género tiene para él una condición parecida a la meditación. “Me interesa mucho la limitación de los elementos. Es como un cuadro controlado en el que puedes pintar directamente en natural”. Pintar le permite descubrir aspectos de su forma de ser y transmitir aquello que resulta difícil verbalizar, algo que su maestro, Paco Cortijo (Sevilla, 1936), ya le señaló en sus inicios.

Lo más importante para Pina es que el cuadro transmita una emoción, no que sea reconocible. No le atrae pintar grandes monumentos, ni elementos muy significativos. Con el “menos es más” por bandera y un estilo austero, siempre predomina lo común, la cotidianidad. Y en ella, las vecinas y vecinos de Hortaleza identificarán lugares en obras como Fútbol (2009), Desalojados (2009), Perros (2025) o Pueblo de Hortaleza (2023).

El libro incluye textos del escritor Andrés Barba y de la galerista Lola Crespo, de Utopía Parkway, donde se celebró la exposición “Pina. Una retrospectiva” (7 de noviembre al 19 de diciembre). Ha sido publicado gracias a la beca de la Fundación Pollock-Krasner de la ciudad de Nueva York. Puede adquirirse en la librería Mar Negro (calle Mar Negro, 6) y en varias plataformas online.

Como vecino y artista, participó llenando de color el auditorio Pilar García Peña e hizo una residencia artística en Finlandia gracias a la asociación The Hug. Considera muy encomiable las iniciativas de las asociaciones, a pesar de las limitaciones y critica que se considere la cultura como negocio en vez de como bien social. “No hay que esperar que ninguna institución nos facilite el camino, sino crear nuestra propia cultura”, afirma.

Pina supone un punto de inflexión en el que el artista hace una recapitulación de su carrera para pensar en lo que viene. Por el momento, le gustaría centrarse más en el retrato, con especial interés en la figura del lector.

Fotos de Julia Manso

Pina Thyssen

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