Desde 1834, Bober ha sido sinónimo de tejido en Madrid. Su tienda original, en el número 12 de la calle Imperial, conocida como Tienda de la Cruz, fue una de las pocas que sobrevivieron al incendio de la Plaza Mayor en 1790. En sus primeros años destacó por la venta de géneros y uniformes bajo la gestión de Salvador Muntán y su hijo Fernando. En 1919, Ramón Bober Torres asumió el negocio, y hoy sus descendientes mantienen viva la tradición familiar, conservando elementos como las vigas de madera a la vista, el amplio mostrador desgastado por el uso y la vocación por la venta de entretelas y forros.
Siguiendo esta herencia, Estefanía Bober y su marido Thomas abrieron el almacén en el barrio de San Antonio en Las Cárcavas (Camino Alto de Hortaleza, 14) en 1984 con el objetivo de orientar el negocio hacia productos para el hogar. “Mi mujer nació entre tejidos; desde muy pequeña ya empezaba a ayudar en todo”, explica Thomas. Al principio trabajaban exclusivamente al por mayor desde 1987, y no fue hasta finales de los años noventa cuando comenzaron a atender directamente al público: de martes a viernes de 17.00 a 20.00 horas y los sábados de 11.00 a 14.00 horas.
En sus estanterías se acumulan tejidos de todo tipo: forros, entretelas, bisellería, mantelerías, materiales impermeables, telas de toalla y gomaespumas. Además de la venta, realizan confección a medida y trabajos de tapicería en piezas pequeñas, como sillas, sillones o butacas, así como colchonetas tanto para interior como para exterior. También se encargan de renovar elementos concretos, como los cojines de un sofá, ocupándose de todo el proceso. A ello se suma la elaboración e instalación de visillos y estores, un producto que, como apuntan, “ahora está muy de moda”, aunque no siempre resulte el más práctico.
Tampoco faltan los trabajos más singulares. Desde pequeños teatros que confían en ellos para confeccionar telones ignífugos hasta encargos técnicos para eventos, como el recubrimiento de truss, las estructuras de aluminio donde se instalan los focos. Incluso en el ámbito deportivo han realizado fundas para potros de salto. Y es que, como comenta Thomas, el día a día en la tienda es imprevisible. Un cliente puede entrar buscando tela para unas sábanas y salir encargando una instalación completa para un jardín. Esa variedad es precisamente uno de los aspectos que más valoran: “No es un trabajo monótono”, aseguran.
“Somos más ágiles en adaptarnos a las necesidades del cliente”
Sin embargo, reconocen que el negocio se ha visto afectado por factores externos como las obras relacionadas con la Fórmula 1, que dificultan la llegada de clientes. “Hay veces que por la mañana abro la puerta y ya tengo atasco, no puedo ni salir de casa; cada día cambian la vía por donde tienes que entrar o salir”, explica Thomas. En este contexto de transformación urbanística, y al tratarse de una de las parcelas más amplias de la zona, el terreno ha despertado también el interés de promotores. “Casi todo el mundo que entra… dice que aquí caben tantos chalés”, comenta, evidenciando la presión inmobiliaria. De hecho, recuerda que “hace muchos años” ya recibieron propuestas “para hacer un hotel”, aunque el futuro del espacio sigue siendo incierto.
La competencia con las grandes cadenas y el entorno digital es otro de los grandes retos a los que se enfrenta el negocio. Aunque a simple vista puedan parecer más económicas, Thomas matiza esa percepción: “Tienes unos artículos superbaratos, pero, en el momento que te sales de lo normalito, es que ya no lo veo tan barato”. Aun así, reconoce que el hábito de consumo ha cambiado y que internet ha hecho que muchos clientes lleguen con una idea muy concreta, sin comparar tanto.
En ese intento por seguir el ritmo, Tejidos Bober cuenta también con presencia online, aunque con un papel limitado. “Tenemos una página web, pero las telas la gente las quiere tocar”, apunta Thomas, subrayando la importancia de la experiencia física en este tipo de negocio.
Frente a todo ello, el negocio mantiene su esencia apoyándose en un trato cercano. “Somos más ágiles en adaptarnos a las necesidades del cliente”, afirma. En ese mismo sentido, Thomas subraya la importancia de la experiencia acumulada en el mostrador, donde el conocimiento del cliente va más allá del producto: “En muchas ocasiones, mi mujer no se hubiera acordado solamente de la tela, sino también del vestido que hubiera llevado esa señora hace 8 años”.
Sin embargo, el futuro no está asegurado. Además de la crisis del sector textil, con la falta de cada vez más sastres o fabricantes, se suma la ausencia de un relevo generacional: “Mi hijo se dedica a otra cosa y no va a empezar aquí con las telas”. Aun así, en Tejidos Bober prefieren mirar al presente, sostenidos por un oficio que ha resistido décadas de cambios y que sigue encontrando su lugar entre la tradición, la adaptación y la vida cotidiana del barrio.

Thomas, marido de Estefanía Bober, en el almacén de Tejidos Bober ubicado en el barrio de Las Cárcavas-San Antonio. JULIA MANSO



