En medio del eterno descampado que hay en la glorieta de Mar de Cristal lleva mucho tiempo asentada una autocaravana con gente viviendo en su interior. Los más ingenuos pensarán en alguien que combina la vida en la ciudad con la libertad para elegir dónde habitas, terreno a tu alrededor y las estrellas sobre tu cabeza. La realidad tiene un nombre más sencillo y doloroso: infravivienda.
Es una historia larga y cada vez más angustiosa. Hortaleza se conformó como ahora lo conocemos asumiendo la llegada de miles de inmigrantes que con mucho esfuerzo (recordemos cómo era esa España, la de El pisito) pudieron instalarse en viviendas más o menos dignas. Conquistaron su normalidad, construyeron un lugar de personas que podían vivir en los barrios, moverse en transporte público, comprar en sus mercados, tomar algo en sus bares.
Pero el capitalismo siempre encuentra cómo rapiñar sangre por lo más básico. Poco hay tan básico como el techo donde vives, la vivienda, que de repente se convirtió en un lujo. La gente, también en Hortaleza, había dejado de ser normal. Ahora la normalidad era que había unos pocos a los que llamaremos especiales con viviendas generalmente cerradas en urbanizaciones y una mayoría de supervivientes que a duras penas podían pagar los alquileres, y para los que comprar una vivienda era simplemente un sueño.
"Otra cosa que tiene el capitalismo es la capacidad para romantizar la precariedad más absoluta"
En este juego de las sillas musicales del capitalismo y la vivienda hay algunos que están aún más abajo, que no pueden correr más, que ya no bailan. Y terminan viviendo en autocaravanas, a veces incluso en coches, en chabolas o en bajos inundados de humedad por los que aún tienen que pagar cientos de euros.
Otra cosa que tiene el capitalismo es la capacidad para romantizar la precariedad más absoluta. La película Nomadland desnudaba esa supuesta libertad de quienes viven en sus vehículos porque no pueden pagar una vivienda que pueda llevar ese nombre sin reventar los límites de su significado.
Tenemos un problema que ya no es el de la vivienda. Se trata de considerar normal un mundo construido así: el país desarrollado con mayor crecimiento económico asume en su territorio gente viviendo en autocaravanas a quienes en cualquier momento se puede desalojar. El distrito donde hay una urbanización de lujo normaliza que haya gente viviendo en chabolas, padeciendo frío y enfermedades en espacios minúsculos e insalubres que parecen recién salidos de una novela de Charles Dickens.
El problema es que cualquier día esta normalidad aberrante nos verá a todos camino del matadero, o reventará por alguna parte.




