La afición por el curling de Ángel García Mayor empezó, como casi todos los grandes proyectos, por casualidad. “Antes en televisión echaban Doctor en Alaska y después ponían un deporte que te quedabas mirando sin entender nada”. La curiosidad terminó por engancharlo. “En el Palacio de Hielo empezaron a ofrecer cursos de iniciación y me apunté para, al menos, entender lo que veía en la tele. Allí coincidí con cuatro o cinco personas más, todos ya mayorcitos, por encima de los 40 o 50, y montamos un equipo”. Así nació el B-52 Curling que dirige y entrena; hoy, el único club de Madrid de un deporte de invierno que es olímpico desde Nagano 1998.
El suyo, un ejercicio de resistencia y equilibrios, sin apenas espacio para entrenar, fuera de los circuitos de ayuda, pero con una fe inquebrantable. “¿Que por qué nos llamamos B-52? No teníamos precisión, pero sí fuerza. Los rivales nos decían que lo único que sabíamos hacer era tirar bombas. Pensamos en llamarnos Los Bombas, pero nos sonaba fatal. Así que buscamos dónde había más bombas: en un bombardero B-52. Y se quedó el nombre”, cuenta una de las voces más expertas que existen sobre este deporte.
En aquellos primeros años, el curling en Madrid vivió un pequeño boom. “Llegamos a ser catorce equipos solo en el Palacio de Hielo. Montamos una liga entre nosotros. Alquilábamos la pista por 300 euros la hora, así que nos organizábamos para repartir gastos. Jugábamos los lunes por la noche, cuando el hielo estaba perfecto porque era el día de descanso de la instalación”, comenta un deportista que ahora comparte pasión con sus hijos. El crecimiento llevó a competir a nivel estatal, donde el B-52 alcanzó varios campeonatos, demostrando así que el suyo no era un ejercicio casual.
El problema llegó con la crisis de 2008. “Ahí empezó a fallar todo”. La gente dejó de jugar y, además, las instituciones les hicieron una jugada. “Nos dijeron que había otra pista más barata, muchos equipos se fueron… y luego resultó que no había hielo disponible. Entre unas cosas y otras, desaparecieron todos los clubes menos el nuestro”, rememora el líder invencible de un proyecto que, desde 2010, resiste como el único de Madrid, con el distrito de Hortaleza como bastión de un grupo que organiza regularmente jornadas de puertas abiertas. Al primer curso que hizo García Mayor se apuntaron 80 personas. La demanda siempre ha estado ahí.
La demanda es altísima, sobre todo tras el efecto que provocan citas como los recientes Juegos Olímpicos de Milán-Cortina. Pero las condiciones son muy mejorables. “Entrenamos los martes de once y media a doce y media de la noche. Solo una hora, y compartiendo pista con patinaje de velocidad: ellos dan vueltas por fuera y nosotros jugamos en el centro”, describe García Mayor en una escena que parece circense. “Ese es el único hielo que tenemos en todo Madrid”, insiste en un retrato de resiliencia que los hace competir en desigualdad con equipos de otros territorios.
‘CURLING’, DIFERENCIAS ENTRE TERRITORIOS
La raíz del problema está en la estructura del deporte. Las pistas son concesiones públicas gestionadas por empresas privadas. Además, el curling tiene exigencias específicas. “Necesitamos un hielo muy liso”. Ante la falta de instalaciones, el equipo tiene que competir fuera. “El campeonato de España se juega en Jaca (Huesca) porque allí sí hay una pista específica durante unos meses. Nosotros, por ejemplo, estamos jugando la liga belga. Allí hay una estructura espectacular”, analiza García Mayor.
También participan en torneos internacionales en Suiza. “Pero todo lo pagamos nosotros”. La situación administrativa tampoco ayuda, porque se encuentran en un laberinto burocrático que los excluye de cualquier ayuda. La comparación con otros territorios es contundente. En el País Vasco otorgan 2.000 euros solo por ir a un campeonato. En Aragón hay ayudas de 10.000 euros anuales. En Andalucía, 1.000 por equipo. Si no fuera porque perderían la hora de hielo que tienen, el club B-52 hasta se plantearía competir por otra comunidad autónoma.
“Llevamos 26 años en esto. Sin ayudas, sin instalaciones y con mil trabas” Ángel García Mayor
El esfuerzo personal es constante. “Todo el material es mío: escobas, equipamiento… Lo llevo cada martes desde casa y me lo vuelvo a llevar”. Después de más de dos décadas, el sentimiento es claro. “Estoy frustrado. Pero sigo jugando, con mis hijos y todas las personas que nos acompañan cada semana. 22 componentes que no dejan de aprender”, explica Ángel García Mayor, que se rebeló contra la extinción del curling madrileño.
“La solución sería una pista propia. No es una infraestructura tan compleja: una nave, cuatro calles, hielo sencillo… Tenemos el plan de negocio y funcionaría seguro. Somos una mina de oro, pero nos falta el pico y la pala”. Hubo acercamientos con promotores que finalmente no salieron. Y a pesar de todo, el B-52 resiste, lejos de quedarse congelado. “Llevamos 26 años en esto. Sin ayudas, sin instalaciones y con mil trabas. Pero seguimos porque nos gusta y queremos que la gente conozca un deporte que nos da la vida”.

Miembros del B-52 Curling, en el Palacio de Hielo de Hortaleza, donde entrena el único club madrileño de esta disciplina. JAVIER PORTILLO



