El antiguo local de Correos del pueblo de Hortaleza es un hervidero de gentes. Allí está el Espacio Danos Tiempo y allí nos citamos en la sala de coworking con Laura Villadiego. Javi Díaz nos dijo que “también se merece un artículo”. Cualquier vecina o vecino se lo merece, pero ¿por qué Laura?
Entonces me llegó un resumen de alguien que había hecho Periodismo y Ciencias Políticas, que terminó su formación en París y trabajó en España, Bruselas, Camboya y Tailandia, cubriendo el Sudeste Asiático para medios nacionales como EFE o internacionales como South China Morning Post, The Guardian o Al Jazeera; de alguien que, siendo autónoma, cofundaba dos medios referentes del periodismo y la investigación fiable: Carro de Combate y el Laboratorio de Investigación Ecosocial sobre Consumo (Linec).
Iba a conocer a una corresponsal de internacional y la imaginé como una Martha Gellhorn o Lee Miller cubriendo un conflicto armado, pero no fue así. Es una vecina más que se mueve en moto, aunque proyecta una energía especial. Con más valor que esas míticas corresponsales del siglo XX, Laura Villadiego se enfrenta a un conflicto que pone en peligro la vida, el planeta y los derechos humanos: el conflicto que genera nuestro modelo de consumo de cada día.
PREGUNTA: ¿Eres de Hortaleza?
RESPUESTA: No, yo originariamente soy de Valladolid. Llevo en Hortaleza cinco años viviendo.
Entonces, ya sí lo eres.
La verdad es que estoy muy a gusto en el barrio y me quedaré mucho tiempo porque me encanta vivir aquí.
¿En qué barrio?
Antes vivía en San Lorenzo, que es cuando conocí Danos Tiempo y empecé a venir aquí justo al lado, pero ahora estoy en Manoteras.
¿Qué te trajo a Madrid?
Yo estudié Periodismo en la Carlos III en Getafe.
¿Y ya no te moviste?
Cuando termino, el último año lo hago en París, un Erasmus. Luego volví a España, encontré un trabajo en Salamanca, después en Valencia, más adelante me fui a Bruselas y luego estuve en Camboya tres años y siete años en Tailandia. Después de esos diez años en el Sudeste Asiático, vuelvo a España a finales de 2019.
¿Y ya en Hortaleza?
En un primer momento, me mudé a Usera porque encontré un piso allí básicamente. En el 2021 es cuando me mudé aquí a Hortaleza.
¿Lo intentaste en Valladolid?
Cuando era pequeña o joven, en realidad, no me gustaba nada Valladolid. Tenía la sensación que no se movía lo suficiente, por eso yo me vine a Madrid y luego estuve viajando por ahí. Es verdad que ahora, con el tiempo y con la edad, me doy cuenta de que Valladolid es una ciudad muy manejable, que es muy cómoda, que tiene muy buena calidad de vida, salvo por el frío, mucho frío. Al final, he aprendido a valorar lo bueno de Valladolid y, evidentemente, lo que más echo de menos, pues, es mi familia, mis amigos.
Ahora no está tan lejos.
Ahora con la conexión directa del AVE, que es una hora, ya sí que me siento mucho más cerca. Cuando estuve los 10 años viviendo en Asia, te puedes imaginar que a la familia y a los amigos los veía poco. Eso eso es lo que más echo de menos, claro, y, de hecho, aun estando aquí, al final mis amigos son los de toda la vida, son los del cole, los del instituto.
¿Dónde vivías en Valladolid?
Yo vivía en el barrio Delicias, que es un barrio de la periferia. Prácticamente, dos calles más allá, ya están las circunvalaciones, ya no hay ciudad como tal.
¿A qué colegios fuiste?
Estudié en un colegio que se llamaba el Pablo Picasso, uno de los colegios grandes que había allí, y luego en el instituto de Delicias, que era el instituto de referencia del barrio.
¿Cómo era tu familia?
Mi familia era monoparental. Mi padre no vivía en Valladolid y le veíamos muy poco. Mi madre siempre participó en los movimientos sociales, nos llevaba a manifestaciones.
¿Eso te influyó socialmente?
Esa parte siempre estuvo presente en mi vida. Pero es verdad que mi visión del mundo cambia totalmente cuando yo me mudo a Camboya. Ahí es cuando realmente me doy cuenta de que muchas de las narrativas que yo había asumido viviendo en Europa no tenían nada que ver con la realidad.
"Mi visión del mundo cambia totalmente cuando yo me mudo a Camboya"
¿Cómo ocurrió?
Siempre recuerdo un momento en el que, cuando yo estaba en Bruselas, era una becaria y no tenía casi dinero, me mudé a un nuevo piso y tuve que amueblarlo. Y entonces fui al Ikea con mi pareja y le dije: «Mira esta lámpara –costaba dos euros–. Está superbarata». Él, que había pasado un tiempo trabajando en Vietnam, me dijo: «Ya, pero a saber cómo se ha fabricado».
¿Qué pensabas entonces?
Que aprovechan las diferentes condiciones de vida para producir más barato, pero eso no quiere decir que necesariamente los exploten y tal, ¿no? Yo tenía como bastante interiorizada esa narrativa y, entonces, llego a Camboya y veo unas realidades que no es solo que se aprovechasen de esas diferentes condiciones de vida y ni siquiera que abusaran de las personas trabajadoras, que lo hacían, sino que me parecían tan suma e innecesariamente miserables que me cabreé muchísimo, ¿no?
¿Qué les pagaban?
Cuando llegué a Camboya en el año 2009, el salario mínimo que cobraban, por ejemplo, en la industria textil, que era un poco el principal sector de exportación en ese momento y ahora, era como de unos 59 euros al mes. Para que esas personas vivieran de una forma medianamente digna, apenas necesitaban 80, pero se negaban a pagarlo.
El conflicto de siempre.
Se me quedó muy grabada una reunión a la que yo acudí, de estas que se llaman tripartitas entre los sindicatos, el Gobierno y la patronal. Era para hablar precisamente de las trabajadoras del textil. Una de las personas de la industria dijo: «No vamos a hablar de subir salarios hasta que estas personas que trabajan en las fábricas no sean más productivas». Estamos hablando de una industria que es multimillonaria. ¿Cómo puedes estar poniendo en duda la productividad de estas personas si son la base? Sin ellas, no podríais tener todo este sistema de negocio que tenéis.
¿Mucha demanda de trabajo?
Pero, claro, son personas que son completamente reemplazables, ¿no? Al final, el trabajo en las fábricas textiles es un trabajo no muy cualificado y para el que no se necesita mucha formación. Entonces, ellos se sienten totalmente libres de usar y tirar a las personas trabajadoras. A mí eso se me quedó supergrabado y ahí es cuando empiezo a documentar, sobre todo, y a centrarme muchísimo en hablar de cómo se fabrica lo que producimos. Primero, centrándome mucho en las condiciones laborales y, luego, ya poco a poco, abriendo el foco también hacia los impactos medioambientales.
¿Quién te influyó para ser periodista?, ¿tu madre?
Pues yo quiero ser periodista desde que tenía 10 u 11 años y veía la guerra de los Balcanes por la tele. En realidad, de pequeña yo quería ser reportera de guerra y siempre quise hacer internacional. Era esa visión superidealizada que yo tenía y, de hecho, por eso yo me voy a Camboya.
Allí ya no había guerra.
En Camboya, también me di cuenta que igual no eran de esos conflictos abiertos de los que tanto se habla lo que a mí más me interesaba contar. Pensaba que ya estaban realmente bastante documentados. Eran otras realidades de las que se habla mucho menos y que yo creo que al final son mucho más importantes en definir el mundo en el que vivimos: cuáles son los intereses económicos, cómo se produce lo que consumimos, cuáles son los impactos de ese consumo. Pero, evidentemente, lo que tú comentas, yo había bebido esa sensibilidad con mi madre por la justicia social y los derechos, pero tenía ideas erróneas de cómo funcionaba el mundo y, cuando voy allí, es cuando me doy cuenta.
¿Participaste en movilizaciones universitarias?
La Carlos III no es como la Complutense, que tenía muchas más. Sí que estuve; no en algunos movimientos como tal, sino que sí que participaba en algunas actividades, pero nunca tuve la sensación de que aquello estuviese muy organizado. También es verdad que, por aquel entonces, yo andaba como muy metida en cosas de arte, literatura… Entonces utilizaba mucho de mi tiempo en eso.
¿Fue parte de tu formación?
Yo al final me estaba formando. Lo que hacía era leer muchísimo porque lo que quería era aprender a escribir bien. Y luego también iba mucho a exposiciones, a conciertos… Luego, por ejemplo, cuando estuve en París, hice un curso de Historia del Arte, etcétera, un poco aprovechando ese momento; pero, por ejemplo, en Bruselas sí que estuve un tiempo trabajando para uno de los sindicatos de allí en prácticas. Ahí también, pues, ves un poco.
¿Fue tu primer contrato quizá?
No, el primer contrato fue en Salamanca. Mis dos primeros contratos de Salamanca y luego de Valencia fueron en medios muy de derechas. Para mí fue un aprendizaje, digamos que interesante, porque era una contradicción bastante fuerte, ¿no? También es verdad que eres joven y aprovechas las oportunidades que te dan, pero creo que también, por mucho que estés en un medio de derechas, siempre hay mucho que aprender de los compañeros, sobre todo cuando acabas de llegar a la profesión.
¿Qué tipo de periodismo era?
Periodismo local, periodismo del que aprendí mucho porque para mí siempre ha sido el periodismo más duro que hay, el más complicado.
¿Como este periódico?
Por eso, sí, me parece muy buena labor. De todo lo que hecho, y mira que he hecho cosas, siempre me ha parecido que era el periodismo más difícil. Porque, primero, digamos que tu ámbito para encontrar historias es mucho menor, ¿no? Hortaleza es grande, más grande que Salamanca; aun así, tienes un ámbito bastante limitado. Cuando estaba yo en el Sudeste Asiático, tenía 15 países para elegir. Y aparte tienes muchas más presiones cuando estás en un medio local que cuando haces internacional, salvo cosas muy concretas, como puede ser el conflicto, todo lo que tenga que ver con Israel y tal y cual, que ahí suele haber más presiones. Yo creo que en general en internacional no hay demasiadas.
"Tienes muchas más presiones cuando estás en un medio local que cuando haces internacional"
¿Por qué diste el salto a Camboya?
El salto a Camboya lo doy porque a mi pareja, que había estado un tiempo en Asia, le dieron un contrato en Camboya. Mi idea, en un principio, era quedarme nada, llegar a Camboya y luego pasar a Tailandia, que es un poco la base para los periodistas en el Sudeste Asiático. Pero yo tuve mucha suerte en ese momento y, justo cuando yo llegué, estaban reorganizando la oficina regional de EFE, la del Sudeste Asiático, pasando la de Filipinas a Tailandia y el corresponsal que tenían en ese momento en Camboya se lo llevan a Tailandia.
¿Y te conviertes en corresponsal?
Y entonces me ofrecen a mí cubrir ese hueco, no como corresponsal, sino como freelance. Entonces, decido quedarme. La verdad es que ahí tuve bastante suerte.
¿Y valentía?
Siempre he sido un poco echada para delante, demasiado a veces, y prácticamente cualquier oportunidad que se me ha presentado no me lo he pensado demasiado, siempre que me encajara mínimamente lo que yo quería hacer y en lo que me apetecía, el hecho de que fuese un país como Camboya tampoco me tiraba para atrás.
¿Cómo podías permitirte ser freelance?
Eso está claro. Si no tienes un mínimo colchón económico de una manera u otra… Yo lo que hice fue crear, con más o menos éxito, mi colchón. A mí muchas veces me escribían periodistas más jóvenes que querían ser corresponsales, ser freelance y tal, y yo siempre les daba el mismo consejo: primero, ahorra lo suficiente como para sobrevivir un año –porque te va a costar un año hacerte hueco como mínimo– y, luego, ya te lo puedes plantear porque, si no, vas a sufrir mucho y, probablemente, te vas a volver a tu casa a los tres meses.
¿Están muy explotados los freelance?
Excesivamente explotados. Ahora se ha creado, además, un sistema en el que la pieza se paga poquísimo, incluso en los grandes medios. Muchas veces, los grandes medios te pagan 50 o 100 euros por pieza, da igual dónde estés.
Tu pudiste permanecer.
Bueno, yo creé el proyecto Carro de Combate también con la idea de tener esa base económica para poder hacer los proyectos de investigación que hacíamos; para también nosotras mismas poder sobrevivir como periodistas. No nos ha permitido tener salarios, pero, por lo menos, sí que nos ha permitido hacer investigaciones, tener cierto colchón económico que nos ha permitido seguir.
Trabajando en lo que creéis.
Eso es, y tener independencia sobre todo también, porque si hubiésemos dependido única y exclusivamente de los medios a los que les vendemos las piezas, no hubiésemos durado ni tres meses.
¿Qué haces para cubrir la salud?
Te pagas un seguro sanitario.
Que son carísimos, ¿no?
Si vas a una zona de conflicto, sí que son muy caros. Si es una zona normal, no. Te expones también, es verdad. Quiero decir, yo he ido a zonas de conflicto sin tener un seguro que me cubriese si me pasaba algo. Por ejemplo, en el sur de Tailandia, que hay un conflicto enquistado; en Filipinas, también. He tenido suerte y no me ha pasado nunca nada, pero, probablemente, si me hubiese pasado algo en alguno de los momentos en los que yo estaba trabajando, el seguro no me lo hubiese cubierto nunca.
¿Te veían como turista en el Sudeste Asiático?
Generalmente, donde hago noticias, suelen ir pocos turistas. Claro, a ver a una plantación de aceite de palma no va a un turista. En Filipinas, por ejemplo, que estuvimos cubriendo la industria del atún, al puerto de General Santos, no suelen ir turistas. En el puerto, pues tienes que pedirles permisos; en plantaciones, vas con organizaciones, con sindicatos… Vas ya con la gente de allí.
¿Te comunicas en inglés?
Evidentemente, el inglés era como la base de mi trabajo, pero yo siempre que he vivido en un país he intentado aprender el idioma. Aprendí camboyano en su momento y aprendí tailandés en su momento. Me parece importante, para realmente conocer un país, entender cómo se comunican. Aparte, a mí me gusta aprender idiomas.
¿Escribes todos los días tus notas?
Yo no escribo un diario personal ni todos los días escribo lo que he hecho o mis reflexiones. En mi móvil, sí que tengo un montón de notas de cosas que se me van ocurriendo y las voy escribiendo. Para mí son como el inicio de un artículo o una idea para algo que luego escribo. No lo escribo en formato diario; generalmente, mi cabeza siempre piensa en formato artículo.
¿O como un blog?
Ahora los blogs ya no se llevan tanto. Empecé en Bruselas en realidad, pero, cuando estaba en Camboya, yo tenía un blog que creo que ni siquiera he borrado las entradas, pero, por desgracia, que ya no existe.
¿Ha sido borrado?
Sí, la verdad es que qué pena. Ahí es donde iba subiendo mis reflexiones sobre lo que iba viendo. Ese blog era muy de reflexión personal, aunque luego, con el tiempo, he sentido que mis reflexiones no son tan importantes como los datos y la documentación que yo puedo aportar.
¿Demasiada opinión en el mundo?
He sentido que hay tanta opinión en el mundo que se necesitan más datos. Desde hace ya bastantes años, como 10 años o así, me centro sobre todo en eso, en datos, en entrevistas, en realmente documentar historias, no tanto en contar qué pienso sobre ello.
"He sentido que hay tanta opinión en el mundo que se necesitan más datos"
¿También en los medios españoles?
Hubo un momento en que tuve la sensación, y lo sigo pensando, que los medios en España están llenos de opinión y no tienen suficiente información. Creo que deberíamos darle la vuelta a eso y volver a centrarnos en la información. No digo que nos deshagamos completamente de la opinión, pero parece que lo único importante es lo que opina la gente y no lo que realmente los hechos son, ¿no?
¿Es lo que hacéis en Carro de Combate?
Nosotras desde Carro de Combate, en 2022 publicamos Consumo crítico, que es un libro en el que recogemos precisamente todos los movimientos sociales que ha habido en la historia de España relacionados con el consumo. Hacemos también un poco de repaso histórico sobre el uso del consumo como un movimiento político. A mí, cuando me preguntaban sobre las motivaciones detrás de hacer ese repaso histórico y de enfocar el consumo como un acto político, yo siempre les decía que, precisamente, se nos está infantilizando y se nos está intentando reducir a meros consumidores que no piensan.
¿Y qué se puede hacer?
Si eso es lo que quieren, si nos quieren privar de nuestro estatus de ciudadano para reducirnos simplemente a consumidores, pues igual lo que tenemos que hacer es dotar de sentido el consumo y convertirlo precisamente en esa herramienta política de la que se nos ha privado en el día a día.
¿No suena belicista Carro de Combate?
Sí, es verdad que tenemos una imagen muy bélica en ese sentido. Es verdad que Carro de Combate nace en el 2012, cuando la situación mundial era completamente diferente a la que hay ahora, ¿no?, y en la que nosotros también éramos diferentes. Yo tenía en ese momento 28 años. También es verdad que Carro de Combate nunca pretendió ser nada más que un blog.
¿De los carritos de la compra?
Sí, era por el carro de la compra, evidentemente. Y sí que tenía como un discurso mucho más bélico, en ese sentido. Bueno, hemos mantenido lo de Carro de Combate porque es una marca con la que mucha gente se identifica y que ya conoce. La idea que está detrás sigue ahí, ¿no?, que, al final, nuestro carro de la compra es un arma de activismo político.
¿Tenéis más publicaciones?
Sí, de hecho, hemos sacado una marca paralela, que es el Laboratorio de Investigación Ecosocial sobre Consumo, el Linec. Aunque vamos a seguir utilizando la marca de Carro de Combate, los tiempos han cambiado y es importante adaptarse al tiempo en el que vives y a también a tu tiempo vital, no solo al tiempo.
¿Volverías a irte a vivir a otros países?
A ver, según el día en que me preguntes, te diré sí o no. Yo me volví a España, entre otras cosas, porque vivir fuera no es fácil. Siempre es el extranjero, siempre hay cierta inseguridad jurídica sobre tu posición. Aunque no tenga nada que ver, como blancos que somos, con lo de los migrantes que vienen. Pero siempre está ahí. De hecho, tuve problemas con el Gobierno tailandés.
¿Por controlar lo que difundes?
Sí, aparte de las investigaciones que hacía sobre industrias, yo escribía mucho sobre política tailandesa y no solo para medios en español, sino también para medios en inglés y, en concreto, para la South China Morning Post, que es como el medio más grande de Asia. Es de Hong Kong y, cuando yo dejo de colaborar, lo compró Jack Ma, que es el de Alibaba, pero que hasta entonces había sido independiente y le daba bastante caña a China. Porque, además, era ese momento en el que se acababa de volver Hong Kong a China y, bueno, había ahí esos rifirrafes políticos.
¿Qué fue lo que te complicó?
Por ejemplo, una de las cosas que cubría muchísimo eran las inversiones chinas en el Sudeste Asiático, pero, al mismo tiempo, también hacía política tailandesa y ese momento fue bastante convulso en Tailandia porque murió el rey y era un rey que llevaba siete décadas en el trono, que estaba superendiosado. De hecho, en Tailandia existe el delito de lesa majestad por el que, si tú calumnias al rey o a la familia real, tienes entre tres y 15 años de prisión, que te caen prácticamente sí o sí, y, además, con la dificultad añadida de que, si a ti alguien te acusa de lesa majestad, no puede ser repetido públicamente.
¿Por qué decirlo es lesa majestad?
En realidad, a ti te acusan de lesa majestad sin saber exactamente por qué te están acusando, es decir, una vulnerabilidad en tus derechos bastante importante.
¿Te acusaron de lesa majestad?
Básicamente, a mí me quisieron acusar de lesa majestad por algo que yo no había escrito siquiera, que se había escrito en uno de los periódicos en que yo colaboraba, El Confidencial, que yo no había escrito y ni siquiera había leído.
¿Te detuvieron?
Me llamaron al ministerio, me metieron en una sala, me hicieron un interrogatorio y, luego, me suspendieron el visado y me echaron del país durante un tiempo.
¿Terminó ahí Tailandia?
Luego, me volvieron a dar un visado y me dijeron que estaba en probatio, que estaba bajo supervisión, que revisarían mi caso. A los tres meses, me dieron un visado de un año. Entonces, yo me quedé después de esto como otro año más, pero ya al siguiente vi las cosas peor, aunque realmente no me suspendieron el visado ni me dijeron nada. Realmente, fue un poco como lo contrario, me vino un tipo del ministerio a decirme que había sido superinjusto lo que habían hecho conmigo y tal. Y era un momento político incluso peor que el anterior y a mí eso ya me hizo como desconfiar mucho.
¿Tienes una alarma de supervivencia?
¡Sí! De hecho, mi idea cuando yo vuelvo a España no es estar siempre aquí; mi idea era escriba lo que escriba, pues no voy a tener estos problemas, voy viajando y volviendo.
¿Se cumplió?
Bueno, yo vuelvo a finales de 2019-2020, COVID.
¡Ah! ¿Y eso se convirtió en una trampa para hijas?
Eso es. Y sí, de ahí poco más me moví. He vuelto a viajar el año pasado para hacer proyectos internacionales también.
¿Al Sudeste Asiático?
No, esta vez en América Latina. Fuimos a El Salvador y a Bolivia. El año anterior hice un proyecto europeo, estuve en Portugal, en Francia… Y espero que en este 2026 pueda volver al Sudeste Asiático, que es lo que más me apetece.
En tu vocación, ¿no arrastras hijos?
Estoy casada, pero no tengo hijos.
Sería un condicionante difícil.
Mucho… A ver, mi marido es superabierto y siempre me dice: «No te preocupes, tú vete». De hecho, alguna vez hemos hablado en algún momento de que yo me vaya y él se venga un tiempo. Pero es verdad que, al mismo tiempo, como yo empecé a construir proyectos aquí en España, tengo muchos proyectos también del mismo tipo de investigaciones, ahora me resulta un poquito más difícil, liberarme dos meses y viajar.
¿Qué proyectos son?
Estoy trabajando bastante con consorcios de periodistas europeos haciendo proyectos internacionales acerca de la industria alimentaria. Sobre todo, sobre ganadería.
"Estoy trabajando bastante con consorcios de periodistas europeos haciendo proyectos internacionales acerca de la industria alimentaria"
¿Por especialización?
Porque, al final, España es el principal productor de cerdo de Europa, uno de los principales de piensos también. Ahora mismo, por ejemplo, estoy trabajando en un proyecto de lo que se llama el follow the money, en seguir dónde llega el dinero para esta industria. Otro sobre el uso de antibióticos, otro sobre cómo las grandes empresas afectan a los pequeños agricultores y ganaderos…
¿Incómodos para los poderosos?
Sí, no están muy contentos.
¿Cómo se hace una investigación?
Nosotros somos un colectivo, efectivamente. Yo me centro sobre todo en industria alimentaria, pero también hacemos muchas investigaciones, como, por ejemplo, sobre industria textil. El proyecto de Bolivia y El Salvador sí que era sobre industria alimentaria, pero no lo hice sola, lo hice con una compañera. Bueno, que somos varias.
¿En el colectivo sois cuatro compañeras?
A ver, el colectivo es lo que esa misma palabra dice: un colectivo. Ninguna cobramos salario por ello, es como una estructura para permitirnos hacer proyectos de investigación. Ahora mismo, digamos, que más en la parte de gestión, en el núcleo duro, hay tres personas, pero, luego, si tú extiendes realmente a cuántas personas colaboran con nosotras, pues, son bastantes más.
Complejo, ¿no?
Hay como tres o cuatro personas que colaboran de una forma más o menos regular, otras que colaboran de forma más puntual. ¿Cuántas somos exactamente? No sabría dar un número porque, realmente, no es lo típico de cuando dices: «Cuántas están en plantilla y estas son», pues no es así. Al final, es como una red de colaboración. Entonces, hay un núcleo duro, evidentemente, pero hay muchas más personas que están involucradas y que participan en los proyectos. Algunas participan en muchos proyectos, otras participan en unos pocos.
¿Depende de las circunstancias?
También de las circunstancias vitales de cada persona, ¿no?
Para tu proyección internacional, ¿el barrio te queda estrecho?
Al final, no te he contestado a cómo se hace una investigación, pero está un poco relacionado con esto, pues yo tengo una proyección internacional porque, prácticamente, todo lo que compramos hoy ha recorrido miles de kilómetros. Hay un libro muy interesante que se llama Noventa por ciento de todo de la periodista Rose George, que de lo que habla es de que el 90% de las mercancías del día a día han viajado en barco. Muchas veces, nos puede parecer que algo ha estado producido en España, pero, si tú realmente analizas toda su cadena, muy probablemente, las materias primas no sean españolas.
¿Por qué?
Porque, al final, el comercio marítimo es superbarato. Esto ha hecho que se hayan alargado muchísimo las cadenas de producción. Entonces, si tú quieres responder a la pregunta de dónde viene algo y cómo se ha producido, tienes que tener esa escala internacional.
¿Y qué se puede hacer?
Que yo siempre he pensado que la respuesta tiene que ser local; por eso me gusta tanto Hortaleza. Creo que he encontrado un sitio en el que hay un movimiento vecinal, asociaciones que están intentando construir, aunque ahora se lo estén poniendo difícil, ¿no?
¿Participas en alguna asociación?
Yo, por ejemplo, aquí estoy en el grupo de consumo. Tienes la tiendita en Danos Tiempo, que hacen un muy buen trabajo. Tienes los huertos urbanos…, hay bastantes cosas que realmente están bajo ese principio de cortar esas cadenas, de retraerse, de preguntarse también, ¿no? Realmente, es el camino por el que hay que ir.
¿El consumo de proximidad…?
Yo creo que el sistema ha adaptado la producción al consumo.
¿Y no siempre fue así?
Hay bastante teorización sobre esto. A principios del siglo XX, cuando se mejoran los procesos productivos, lo que se encuentran es un consumidor que no está dispuesto a consumir. En ese momento, eran superconservadores con el dinero y, además, apreciaban más el tiempo libre que pasarse más horas trabajando para ganar más dinero y poder consumir más. Fue ahí cuando se crea toda la industria de la publicidad y el marketing, precisamente, para cambiar esa idea, para darle la vuelta y hacernos pensar que nuestra existencia pasa por consumir.
¿Mejores por llenar más carros de compra?
Y que, al final, nuestra identidad se ha visto ligada al consumo, la que te puedes comprar, la que no te puedes comprar, cómo vistes, qué coche tienes, si tienes un iPhone o el móvil que sea.
¿Crees que esto puede colapsar?
Yo estoy casi convencida de que va a colapsar y me parece triste porque tenemos el conocimiento necesario para poder planificar una reorganización del sistema que esté dentro de los límites planetarios, ambientales, pero también de la justicia social. Yo creo que tenemos todos los elementos, al menos el conocimiento, para hacerlo posible.
"Estoy casi convencida de que va a colapsar y me parece triste porque tenemos el conocimiento necesario para poder planificar una reorganización del sistema"
¿Eres optimista?
No creo que vaya a ocurrir porque la sociedad realmente no se ha dado cuenta de lo serio que es esto. Creo que, realmente, piensa que podemos seguir con esta rueda indefinidamente y que no va a pasar nada. Y que estos cambios, por ejemplo, en los patrones climáticos que ya estamos viendo, no creo que nadie los pueda negar con datos. Creo que la gente aún se piensa que son excepcionalidades, que son casualidades, que no son realmente consecuencias de que estamos cambiando la composición atmosférica y de que se están dando cambios en la energía que hay en la atmósfera y, por tanto, en los climas y en los eventos climáticos, ¿no? Que, muchas veces, ya no es tanto el que haya un poquito más de temperatura, sino la gran cantidad de energía que eso supone que tiene que salir por algún lado y, luego, ocurren danas, oleadas de borrascas…
¿La IA será una oportunidad o un peligro?
Vamos totalmente en dirección contraria adonde deberíamos ir. Yo era pesimista antes de que surgiera la inteligencia artificial porque ya eran bastante evidentes los patrones que había de no parar en esta rueda del consumo, pero ahora, con la inteligencia artificial, es mucho peor. Estamos hablando de una tecnología que parece que es efímera, que no consume recursos, pero que consume una cantidad brutal de recursos. Además, tiene toda la pinta de que va a abrir brechas sociales mucho mayores, que van a posibilitar la concentración aún mayor de la riqueza en unas pocas manos.
Pero tiene cosas positivas, ¿no?
No creo que vayamos a conseguir nada bueno, al menos, no de su uso generalizado como lo estamos haciendo ahora. Quizá para usos concretos, uso en medicina, uso en cosas muy concretas…, quizá pueda tener elementos positivos, pero utilizarla para hacer dibujitos y cosas de estas, la verdad, es que no lo veo.
¿La suprimirías?
Hay una cosa que me preocupa mucho, que es un poco lo mismo que pasó con el móvil. Yo, como trabajadora, preferiría que no existieran los móviles smartphone y preferiría que no existiese la inteligencia artificial porque creo que yo tenía mejor calidad de vida como trabajadora antes de que eso existiera.
Pero son herramientas.
Claro, es muy difícil no incorporarlo a tus procesos de trabajo porque, si no lo haces, es que realmente como trabajador vas a estar anulado. Eso me preocupa porque nos perjudica.
¿Cómo eludir internet y las redes sociales?
Internet siempre se ha visto desde un primer momento como posibilidad para democratizar la comunicación, para que, por ejemplo, periodistas como yo pudiésemos construir un proyecto como Carro de Combate, que no hubiese sido posible sin internet y sin redes sociales. Pero, al mismo tiempo, la cantidad de ruido que se está creando en redes sociales, de desinformación… A veces lo pienso y me digo si no sería mejor que no existiera o, por lo menos, que estuvieran más controladas.
¿Somos una sociedad saturada?
Como ejemplo, con la respuesta de las empresas cuando estamos haciendo investigaciones, en los primeros años, no te contestaban o siempre había mucho silencio. Ahora, sin embargo, te inundan con un montón de cosas y, sí, tenemos el informe de no sé qué y el no sé cuál. Lo que están intentando precisamente es acallar tu mensaje saturándolo, ¿no?
Pues no seguimos saturando la entrevista. Muchas gracias por tu labor y este tiempo.







