Por quinto año, la asociación El Olivar, que lleva 37 años favoreciendo la acogida e inserción laboral de jóvenes sin hogar, llenaba el aire de música y poesía en el parque Huerta de la Salud. Era jueves 10 de septiembre, una cita difícil para muchas y muchos, pero el sol atemperó el rigor de este verano ardiente cuando se asomaba a la esquina de las calles Mar de la Antillas y Santa Susana.
El lugar era un teatro inesperado donde los escalones se convertían en gradas que descendían hasta dos hileras de sillas plegables. Todas insuficientes, pero el césped acogió a quienes llegamos más tarde. Desde el exterior de las rejas del parque, un público itinerante se detenía sorprendido o se incorporaba al evento.
El acto tuvo como maestra de ceremonias a Marcela Simonetta, presidenta de la asociación Mujeres Migrantes, quien dio paso en primer lugar a Josemi Aragón, uno de los fundadores de la asociación El Olivar. Primero fue la bienvenida a un público heterogéneo situando este acto en el objetivo de que la poesía y la música, en definitiva, la creatividad, permitan frenar «el racismo, el fascismo y la xenofobia», actitudes que contaminan la convivencia y que parecen prosperar.
Josemi también hablo del «espíritu de Gora», un símbolo ya de la «familia de El Olivar». Gora fue un joven que convivió en el piso de la asociación y que hoy representa el compromiso contra la injusticia, concretamente contra el racismo y la xenofobia hacia jóvenes migrantes extutelados.
También tuvo Josemi una mención muy personal en recuerdo a Carlota Aragón, su hija, una mujer muy joven que amaba la vida y con quien la asociación y él habían contado en ediciones anteriores para la puesta en marcha de este festival en el que se combinaron al alimón versos y música.

Josemi Aragón, uno de los fundadores de la asociación El Olivar, y Marcela Simonetta, presidenta de la asociación Mujeres Migrantes. ÁNGEL SÁNCHEZ
Con la emoción contenida, comenzó el festival con Gustavo Eclessia, cantante, compositor y guitarrista argentino de Puebla, quien interpretó tres temas entre los que destacó una chacarera del maestro Lucena.
La alternancia obligaba a la poesía y comenzó el poeta Miguel Ángel Vázquez, director de la librería La Imprenta, cantando a capella un texto que después transformó en una declamación magistral. Vázquez lleva viniendo a esta convocatoria desde sus inicios hace cinco años. Pidió un aplauso para Josemi, a quien considera un referente, y sus versos sociales de alta poesía nos hablaron de drones, del derecho a la vivienda, de chabolas y de las hijas de las esperanza, para terminar con un poema a Matria por Ceuta frente «a los padres del colapso».
La guitarra clásica de Miguel Domingo fue un momento de placer y reflexión durante la interpretación de «Castillo de Torija», una pieza (elegía) de la suite Castillos de España del maestro Federico Moreno Torroba. Los acordes de la guitarra también viajaron a la Alhambra con una composición de Francisco Tárrega y, para terminar, el guitarrista saltó de continente interpretando un son brasileño.
En su oficio de coordinadora, Marcela nombró a quienes participan y colaboran con El Olivar y agradeció haber podido disponer de este espacio tan singular. Acto seguido, dio paso a la poeta entrerriana y bandoneonista argentina Cecilia Tonina, miembro del Dúo Cuatro Alas, quien ya ha publicado tres libros de poesía. Cecilia declamó poemas de su segundo libro, marcado por la emigración, donde el verso brota descarnado, rotundo e íntimo.
Una brisa en Huerta de la Salud contra la xenofobia y el racismo
La alternancia vuelve con Colorado No Es Un Cobarde, pseudónimo del madrileño Rubén Rot, quien bromeó con haber adoptado ese nombre porque «nadie lo recuerda». Como explicó, la frase con la que se presenta viene de un cuento y, si nos fijamos en sus letras, comprobamos que sus canciones están llenas de historias y situaciones poéticas, como cuando dice «se hiela Amelia en el aire» o describe la bajada a la ciudad como una suerte peligrosa de encuentros con personajes extraordinarios. La música de Colorado Es Un Cobarde también se oyó en inglés.
El siguiente participante era José Luis Alcobendas. Llegó agradeciendo a Marcela, con cariño e ironía, que en la presentación le hubiera concedido una licenciatura. Alcobendas reconoció que el poema que recitaba lo había escrito esa misma noche, una noche iluminada que pedía amor, justicia y paz, pero que no fiaba a «los algoritmos que matan la vida de mucha gente».
Jesús Garrido, el siguiente intérprete, nos trajo música y la historia de la mariposa que, en busca de calor, aprendió a volver como Ulises. Sus letras reclaman el mestizaje y su charanga avisaba de que «empieza el baile». Se le oye decir que «taparemos sus bocazas con claveles» y dedicó una de las canciones a Josemi. Garrido se despidió arrancando de muchos labios un murmullo que decía «que tiene que llover… a cántaros».
Continuó la poesía bilingüe de Hicham Amraoui, poeta hispano-marroquí (porque ya lleva más de veinticinco años en España) que acudió a la cita con dos poemarios: Las pulsiones del alma y Voces de luna; pero antes de conocer sus poemas, pidió un minuto de silencio «por Palestina y los mártires de Ceuta». La poesía de Hicham reivindica un ser humano sin fronteras porque el hogar, el corazón y el alma no las conocen, pero el «duelo migratorio» es una realidad. Como despedida, Hicham recitó su poema «Himno del exilio» en español y en árabe, un contraste magistral y didáctico de lo que se esconde tras la música de cada lengua.

Cecilia Tonina, poeta entrerriana y bandoneonista argentina, que pertenece al Dúo Cuatro Alas. ÁNGEL SÁNCHEZ
La sorprendente María Paredes se trajo consigo a Rubén Rot para que improvisara con la guitarra una música con que acompañar sus poemas. Por supuesto, se autopresentó. Esta periodista y escritora tiene un «espectáculo poético inusual» en la sala El Rincón del Arte Nuevo y su puesta en escena parecía preparada, pero no lo era. Nos descubrió que Josemi, a quien le dedicó un poema, había sido su profesor de Historia y que quien le diera Lengua, Carmen Jiménez, andaba entre el público. María habló de los dos tipos de amor y nos dejó la imagen de «las gotas de plata iluminando un cielo negro».
La hora de cierre se echaba encima cuando Philip Anadu, uno de los jóvenes de El Olivar, miró con serenidad al público. Él había llegado en mayo desde Nigeria con «miedo a convertir la calle en cama» porque sabe que «las olas no piden permiso», pero su experiencia es la de «las manos que sostienen en medio de la tempestad». Philip preguntaba que «a qué huele el refugio» y respondía que «a sopa caliente y a suspiro de madre». Pese a su juventud, Philip sabe «que el odio nos quiere separados» y que la respuesta más revolucionaria frente al racismo «no es el rencor, sino ayudarnos unos a otros».
Antes de la última actuación, Josemi Aragón resumió la actividad de El Olivar y también explicó que la asociación había dejado atrás las ayudas de la Comunidad de Madrid debido a los derroteros y gestión que esta estaba tomando. Esta decisión, aclaró Josemi, podría debilitar a la asociación, sin embargo y con el apoyo de muchas personas, este paso podrá fortalecer la labor con los jóvenes que desde hace casi cuarenta años desempeña El Olivar.
Entonces llegó el momento del rap. Un vendaval de energía, letras y baile se desató ante el público con la entrada de Xavi MDZ, Daltónico, Ziklón y Glesh, cuatro raperos bien jóvenes del norte de Madrid que, contra el racismo, declaran «vivo lo que canto» con «la rabia plasmada en un diario». Son expresivos y se dejan la voz, pero le dicen al público «dale rienda a tu imaginación».
Mientras Same Producciones recogía el equipo de sonido, hubo tiempo para la firma de algunos libros, el intercambio de contactos, la fotos con poetas y la foto del grupo humano que había llevado la música y la poesía por quinta vez a un parque que es un huerto donde crece la inclusión y los valores de una ciudadanía que rechaza el racismo, el fascismo y la xenofobia.




