Hortaleza Periódico Vecinal

Un encuentro en la arena bajo el cielo y la luna del Sahara

Un grupo de vecinos de Hortaleza y varios profesionales del Centro de Salud Mental de nuestro distrito coincidieron en Semana Santa en el desierto argelino para visitar los campamentos de refugiados saharauis. Un viaje que había que contarlo


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Un encuentro en la arena bajo el cielo y la luna del Sahara

Panorámica del campamento de Bojadur / Foto Rufo Gómez

Un encuentro en la arena bajo el cielo y la luna del Sahara
mayo 12
02:30 2017

¿Coincidencia o conexión?

Un grupo de vecinos, vecinas y profesionales de Hortaleza se encuentran en la arena de la hamada argelina, la arena de los campamentos de refugiados saharauis. Nos conocimos en el 2012 con motivo de la Marea Blanca madrileña que surgió tras el intento de privatización de varios hospitales y centros sanitarios madrileños. Ciudadanía y profesionales habíamos compartido muchas reuniones, manifestaciones, pegadas de carteles, momentos de rabia, decepción, euforia…

Los campamentos no son un destino elegido ni habitual para pasar unas vacaciones de Semana Santa. Los elementos del sol, la arena, el fuerte viento llamado siroco, las casas de adobe o la escasez de agua hacen que sea un lugar de vida inhóspito a la vez que lleno de vida y lo convierten en un destino de paz y solidaridad.

Los campamentos están conformados por wilayas, con los nombres de las ciudades saharauis ocupadas. Bojadur, Aaiun Dahla, Smara, Auser. En el Sahara se duerme en el suelo, en colchonetas y mantas, se come carne de camello y se comparte con los miembros de la familia y sus invitados, el ritual del té.

Mujeres saharuais durante una celebración / Foto Rufo Gómez

VIAJE AL DESIERTO

La aventura empieza en el aeropuerto de Argel donde es preciso hacer muchas horas de tránsito hasta la salida del vuelo nacional a Tinduf, localidad más cercana a los campamentos saharauis. Esta parte de Argelia fue cedida en la huida de los saharauis de su tierra ocupada por Marruecos durante la Marcha Verde en 1975. En la zona de los campamentos no entran las autoridades argelinas. Tras pasar un control, son los saharauis a través de la representación del Frente Polisario los que ejercen la soberanía de sus habitantes y su territorio.

A pesar de la larga espera en el aeropuerto, transcurre el tiempo sin hostilidad, sin quejas y comienzan los primeros contactos entre personas que viajan desde muy diversas partes del Estado: Aragón, Cataluña, País Vasco, Extremadura o Madrid. Entre ellas surge espontáneamente una relación y ambiente de interés, cordialidad y buen humor.

‘Plaza’ de la wilaya de Bojadour / Foto Rufo Gómez

Ya en los campamentos viene el reparto por barrios y familias con las peculiaridades de cada grupo de convivencia. El tiempo familiar transcurre a través del té, con un ritual largo por los continuos lavados y trasiegos de vaso con la finalidad de conseguir espuma, hasta tomar los tres tés.

A través del té surgen las visitas, las charlas con familiares y amistades. Un miembro de la familia nos habla de la zona del desierto de los territorios liberados y proclamados independientes el 27 de febrero de 1976. Una zona muy cercana al muro marroquí, con dunas, verde y rebaños de camellos. Nos comenta que para la población saharaui ir a esta zona supone “una semana de oxígeno, vivir entre verde y beber leche de camella que hace milagros”. Lo cuenta con entusiasmo. Al escuchar su relato nos parece que hay vuelta simbólica a sus orígenes y a sentir cerca su tierra y su tradición de nomadeo.

Camellos en las afueras del campamento de Bojadour / Foto Rufo Gómez

LA VIDA EN EL EXILIO

Los niños y niñas en los campamentos sorprenden por su alegría y viveza en sus reacciones. Viven con el deseo transmitido por sus padres, madres, abuelos y familiares de volver a un país que ninguno conoce. Muchos han podido conocer el mar gracias a los programas de vacaciones en España, que todos los veranos facilitan la salida a familias españolas, a los menores entre 11 y 13 años. Los niños y niñas hablan español y les gusta mucho hablar de su familia de verano española.

La vida en los campamentos, después del largo tiempo transcurrido como refugiados, ha ido cambiando. Han aumentado los pequeños comercios de alimentos, de ropas o de regalos. En muchos de ellos sin manejo en el cambio de moneda, ni precios para los visitantes. Circulan numerosos coches de segunda mano, hay muchos teléfonos móviles aunque conviven con la escasez y en alguna wilaya sin conexión de luz ni señal telefónica.

Escolares en el patio de un colegio / Foto Rufo Gómez

En las visitas institucionales al Ministerio de Salud y al de Cooperación, observamos que los hombres ocupan mayoritariamente puestos de responsabilidad. En su discurso dichos representantes se empeñan en reconocer el valor y fuerza de las mujeres en la sociedad saharaui.

Las personas visitantes españolas nos encontramos durante la semana en diferentes actividades, visitas formales y alguna fiesta organizada en la plaza social de la wilaya. Charlamos y coincidimos en la hospitalidad de las familias, la riqueza en las relaciones con niños y niñas y la generosidad de sus gentes.

Sede de la Unión de Mujeres Saharauis / Foto Rufo Gómez

Tenemos oportunidad de mantener un encuentro con la Unión de Mujeres Saharauis. Ellas enfatizan la responsabilidad que la mujer saharaui tuvo en la organización de los campamentos y en la vida pública durante el periodo de guerra. Perciben el riesgo de un cierto retroceso y reivindican la necesidad de recuperar este papel, reclamando que las mujeres estén presentes y ocupen puestos políticos de responsabilidad y decisión y no sólo espacios de cuidados, sociales y familiares. Esta es una afirmación que relatan muchas de las mujeres con las que hablamos.

La escuela, la biblioteca, el centro de atención a personas con discapacidad, son visitas que nos causan admiración por su trabajo y entusiasmo. Surge también el encuentro con la música, muy presente en diferentes lugares: en la escuela presenciamos una clase de música en inglés que coordina una profesora española formada en Londres y dos profesoras saharauis.

Clase de español en una escuela del campamento de Bojadour / Foto Rufo Gómez

Nos llama la atención el entusiasmo y participación del alumnado infantil. Asistimos a una boda el día que corresponde a la celebración de las mujeres (excepto la novia recluida en algún lugar oculto) donde somos testigos de la importancia cultural del baile y la música. El encuentro con la música culmina en la conexión espontánea entre músicos saharauis y un visitante español que magníficamente unen sus instrumentos y voces transformando su concierto en una experiencia de noche luminosa de gran conexión de los visitantes con este lugar y sus gentes.

La ultima noche, como un homenaje, el cielo esta cuajado de estrellas, y blanqueado por la luna. Disfrutamos de una cena bajo este cielo luminoso y el silencio del campamento dormido. Después de una semana estamos ya unidos a estas tierras y a sus gentes.

Una joven saharaui cubierta con una melfa / Foto Rufo Gómez

En el aeropuerto de vuelta, una gran parte de las mujeres vienen cargadas de pulseras, collares, con las manos pintadas de henna y con tristeza por dejar a la familia que con tanta generosidad nos ha acogido en los días pasados en los campamentos.

Para las personas que hemos visitado los campamentos, el Sahara se queda dentro de nosotras: su arena, sus gentes, sus melfas, sus sueños, sus largos tés, su lento discurrir de la vida, el sentimiento de hospitalidad propia de las gentes del desierto.

En nuestras ciudades y nuestras casas donde el agua corre, sentimos que en el Sahara se nace y se muere soñando con volver a la tierra que dejaron los padres y los abuelos. Algo nos llevamos de este lugar, de sus gentes, de su amabilidad y hospitalidad, de su capacidad de resurgir en la arena, de su resistencia. Y algo dejamos: nuestra admiración por sus 40 años de resistencia tan dignamente llevada, nuestro compromiso de no olvidar que los campamentos son un pueblo de refugiados que necesitan de nuestra voz en el mundo para que no se olvide que luchan por su tierra, su independencia, y dejamos también algo grande como la hamada y pequeño como una jaima, una bonita canción que surge de un viento cálido de noche, una inmensa luna, los ojos verdes y curiosos de una niña saharaui… y de nuestros deseos de volver.

Desierto en el desierto

cielo en la arena

horizonte infinito

luna llena

Ojos verdes de niña

suplen las olas

piel curtida con sueños

de caracolas

De pasadas traiciones

crece el futuro

cuscús de corazones

rompiendo muros.


En este reportaje han participado Cristina Polo y Antonio Ceverino, psiquiatras del Centro de Salud Mental de Hortaleza; Carmen González de Vega, psicóloga del Centro de Salud Mental de Hortaleza; Daniel Olivares, psiquitra de la Unidad de Psiquiatría del Hospital de Guadalaja; y Cristina Alonso, trabajadora social jubilada del Centro de Salud de Hortaleza.

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