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Llorar en la ducha

Mercedes ahora llora bajo la ducha porque es el único espacio donde puede disimular el llanto si entraras de repente a afeitarte


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Llorar en la ducha

Llorar en la ducha
diciembre 14
08:31 2017

Lo tuyo es una lucha constante contra ti mismo, Vicente, y cuando pierdes, te lamentas en el bar, y si ganas, lo celebras con Mercedes, tu mujer (peli, manta y cabezadas en el sofá).

Mercedes sabe de tu buen fondo, aunque a veces no pueda evitar llorar por ese Vicente de antes, responsable, detallista y cariñoso, aquel que llegó a enamorarla y os unió hasta que la muerte os separe, en la salud y en la enfermedad, en el ir tirando de antes y en la pobreza de ahora. Mercedes ahora llora bajo la ducha porque es el único espacio donde puede disimular el llanto si entraras de repente a afeitarte o entrara vuestra hija a lavarse los dientes o a pintarse el ojo.

A veces Mercedes toma duchas largas, y llora a sus anchas evitando, eso sí, hacer ruido. Ha tomado tal destreza que deja de llorar de golpe cuando cierra la llave de la ducha, como si sus conductos lagrimales se hubieran coordinado con el grifo del agua y consiguiera manejar el torrente de tristeza a golpe de giro de muñeca. Ojalá fuera siempre tan fácil como abrir y cerrar un grifo, suele pensar.

Perdiste el trabajo, Vicente, pero también las ganas de seguir buscando. ¿Quién querría contratarte a tus cincuenta y siete mal cumplidos, sin apenas formación y esa cara de derrota, y ese paro que se acaba? Sabes que el alcohol no hace más que empeorarlo todo, pero al menos calma las heridas más urgentes, y ya empezó la Navidad, y las luces de colores proyectan cierto halo de esperanza tonta que, quieras o no, contagia.

Y sabes, en el fondo, que Mercedes estará siempre ahí, aunque llegues borrachito mientras ella finge estar dormida, y tú te acuestes, despacio, a su lado, y le des un beso etílico en el hombro y susurres “buenas noches” y acabes dándole la espalda, aunque hubieras preferido darte la espalda a ti mismo. No debiste entrar en aquel bar después de tu enésima entrevista de trabajo, estás pensando. No debiste gastar tus siete últimos euros en aquel taxi de vuelta.

Y no puedes dormir, pero duermes. Y sueñas con no despertar, pero despiertas. Y son las ocho y cinco, y Mercedes no está en la cama. De fondo, suena la ducha. Hay que ver lo mucho que se ducha esta mujer, estás pensando. Verás cuando llegue la factura del agua.

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Daniel Díaz

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